14.8.11

Tres Putitas y… ¡Salud!




Si mal no recuerdo, desde muy temprano en mi vida siempre fui víctima de la maldición de los segundos lugares; y todo comenzó al nacer.  Fui el segundo de un numeroso clan de seis: tres hermanos y dos hermanas.  Cuando nací, fue tal mi mala leche, que no solamente fui el segundo de mis hermanos, sino que incluso, de las dos mujeres que compartían aquella habitación y gritaban al unisonó mientras traían sus bebes al mundo -y de las cuales una era mi madre- también tuve la suerte de ser el segundo en nacer.   El niño que nació en la cama conjunta a la de mi madre, dio sus signos de vida rápidamente al nacer; lloró con tal ímpetu y determinación que todos los presentes, incluso mi madre, quedaron deslumbrados.  Yo en cambio, nací en total silencio. Habría sido frustrante para mi madre, quien luego de ganar la ardua competencia de gritos y de tiempo de parto; llego yo, en segundo lugar, con menor tamaño y menor peso, con menos cabello e incluso con el descaro de nacer dormido.

Durante mi niñez, aunque fui un chico bastante aplicado y activo, esto no sirvió de mucho a la hora de pararnos al podio mis compañeros y yo luego de cualquier competición.  Siempre fui el chico de plata, el de un escalón más abajo; quien tuvo que conformarse con mirar uno o dos niveles hacia arriba para contemplar el autentico brillo de la victoria.  Mi hermano mayor, el más hijo de puta de todos los adolecentes con los que me topé, solía hacer de las burlas un espectáculo de proporciones inhumanas.  Y aunque nunca se esforzó mucho por nada, si lo hizo a la hora de recordarme mi lugar, mi destino, cual fue siempre llegar segundo.  Luego de finalizar cada ceremonia de premiación en cualquier evento que participé, cabizbajo, aprendí a lidiar con su risa y con sus canciones de burla, las cuales cantaba a viva voz al lado de mamá, quien se las arregló inútilmente para esconder una que otra risa.

"Tres Putitas, no hay remedio, y la más putita es la del medio…"

Esa fue su canción de burla predilecta.  En ocasiones incluso comenzaba a cantarla en silencio desde las gradas; y yo, desde el habitual segundo lugar del podio le alcanzaba a leer sus labios.  Cantó cuando llegue en segundo lugar en mi graduación de sexto de primaria, en la premiación de los niños exploradores, en el concurso de disfraces en primero de secundaria, cantó en las competencias de atletismo de la preparatoria e incluso, aunque no pudo asistir a mi graduación de la facultad, se las ingenió para enviarme una carta en la cual se burlaba entre patéticas aunque ingeniosas prosas.  Un cantante hecho poeta, el hijo de puta de mi hermano.   Pero no sería así por mucho tiempo, o al menos eso pensé.  Con la determinación y el espíritu de cualquier recién graduado, todos mis compañeros de la facultad hicieron lo que menos se podría esperar.  Y los que no se amarraron a cualquier empresa de prestigio que los empleara para servir el café, se casaron son sus despampanantes novias en un apresurado intento por alcanzar la libertad y la autarquía.  

Fue unos meses más tarde de haber terminado la facultad, aun desempleado y mientras me encontraba platicando con mi mejor amigo Leonel en el bar que solíamos frecuentar a unos pasos de la universidad, el momento donde entendí que ser el segundo no había sido tan malo como creí.  Leonel y yo nos hicimos inseparables desde niños.  Crecimos juntos, fuimos a los mismos colegios y compartimos incluso algunas novias.  Y es que lo más que me gustaba de su compañía era saber que nunca me miraría como menos. Para él, yo nunca estaría en el escalón de abajo, ya que mientras yo fui pisoteado por llegar siempre en segundo lugar, el lo fue por llegar tercero.  Fue además allí donde decidimos hacer con nuestras vidas todo lo contrario a lo que nuestros compañeros de estudio habían hecho.  Aunque sus estudios fueron dedicados a los números, el sueño de Leonel siempre fue convertirse en músico.   Mi sueño… bueno, el mío fue huir.  Unos días después, y como fuera previsto, ambos escribimos cartas de despedida el mismo día que salíamos del país.  Leonel le escribió a sus padres, con los que para entonces residía; yo en cambio le escribí a mi segunda novia, con la cual compartía un piso, uno que otro sueño que fueron más de ella que míos y muchas otras cosas más.  Y así fue como nos encontramos con Madrid, con el Madrid del 97’, con aquel Madrid de las pesetas que adoramos, en el corazón del invierno.   

El aeropuerto de Barajas nos recibió poco antes que el taxista que nos llevó hasta La Puerta del Sol.  El mismo taxista que se cagó en nuestras putas madres extranjeras al no acceder a darle una propina.  Lo que el taxista ignoraba, cuando sin pedirlo nos dio unas vueltas de más por el centro de Madrid, era que aquella sería mi segunda visita a esta ciudad.  Después de todo, no es tan malo llegar segundo, pensé.  Con cien maletas cada uno y poco abrigados, caminamos unas cuadras hasta que una colorida bandera sobre de un pequeño letrero nos dio la bienvenida; y no exactamente la bienvenida que Leonel esperaba:  Hostal Puerta del Sol - Gay Friendly.

Luego de registrarnos con Antonio, el encargado de la recepción de ojos profundos y  oscuros y de pantalones vinil, Leonel enterró su rostro en el suelo mientras caminaba hacia la habitación que compartiríamos por varios meses.  Yo le seguí de cerca, intentando esconder una sonrisa.   Aunque nunca lo confesó, no era noticia que Leonel nunca había estado con una mujer.  Con un caminar inusualmente pesado mientras nos dirigíamos la habitación 312, tal vez pensaría que sería más difícil perder su virginidad desde “Las oficinas centrales de la comunidad Gay de Madrid”.  Una vez en la habitación, Leonel se adelantó en escoger la cama próxima a la ventana, la cual también estaba más lejana a la puerta.  Y luego de un extenso y críptico silencio me preguntó:

-¿No pudiste encontrar algo mejorcito a un hostal con bandera de arcoíris en la fachada?



Fue más fácil de lo que pensé explicarle que dado a nuestro limitado presupuesto y a la duración de nuestra estancia, la proximidad del hostal con el corazón de Madrid tendría beneficios mayores en comparación al colorido banderín o su filosofía de mercadeo.  Y aunque accedió a quedarse con aparente calma, aquella primera noche la durmió completamente vestido, bajo tres cobijas y detrás de la cortina del baño.  La mañana siguiente decidimos ir a caminar para familiarizarnos con la ciudad que nos serviría de hogar por los próximos meses. 


La helada lluvia de la mañana que nos recibió a la salida del hostal nos hizo entender que entre todas las cosas que habíamos tirado a toda prisa en nuestras maletas, habíamos olvidado empacar para el invierno.  La fría mañana mezclada al olor de pan dulce y café interrumpió mi silencio, y mientras aun inmóviles frente a la estatua de Carlos III en el centro de la plaza le pregunté:

-¿Cervezas y tapas?

Tal vez los efectos del clima no le afectaron de igual manera a Leonel, ya que inmediatamente me contestó con otra pregunta, mientras comenzaba a caminar decisivamente:

-¿Vino y  putitas?


Afortunadamente, aunque no por mucho tiempo, logré hacerle cambiar de parecer mientras caminábamos en busca de algún lugar donde comprar algo mas abrigado para protegernos del frío que poco a poco ya se hacía notar, sobre todo en nuestras entrepiernas.  Poco después de advertir que habíamos caminado en círculos por varios minutos, decidimos preguntarle a la primera persona con quien nos topáramos por direcciones.  Así fue como conocimos a Carmen, detrás de un vestido polvoriento y un cabello liso y descuidado el cual le cubría la mitad del rostro; con la mirada perdida y descalza, sentada a unos pasos de la entrada de El Corte Inglés.  

-¿Un poco desalineada pero esta buena, no?   -Anda, acércate y pregúntale.  

A medida que me acercaba, ella se puso de pie y mantuvo sus ojos fijos en Leonel, quien a poca distancia aun la acechaba con la mirada de León hambriento. Carmen era muy alta para ser española, su trasero muy amplio para ser belga, y de cerca, demasiado hermosa para ser vagabunda.  Con gran serenidad, de su bolso sacó un par de botas vaqueras agujeradas y accedió a mostrarnos la ciudad sin pedir nada a cambio.  Caminamos durante largas horas por el centro de Madrid los tres, y antes de despedirnos, aceptó nuestra invitación a cenar.  Carmen resultó ser, para nuestra sorpresa, una magnifica acompañante y una gran conversadora, e incluso, luego de preguntarle por algún establecimiento donde pudiéramos hacer llamadas internacionales, insistió en llevarnos.   Nos aseguró que conocía un lugar  a poca distancia del hostal donde nos hospedábamos, el cual además sería de gran interés para Leonel, quien luego de varios intentos infructuosos por llamar su atención, dejara claro que no se había desprendido de su misión.  Perder la virginidad en Madrid.    

Los apenas 100 metros de aceras y adoquines que son La Calle Montera se confundirían con cualquier otra calle del centro de Madrid si no fuera por su particular paisaje de jeans ajustados, minifaldas en piel, pechos semidesnudos y botas negras altas.  No faltó mucho para entender las pretensiones de Carmen cuando juró que le cambiaría el rostro sumido a Leonel;  y así fue.   Aquel paisaje recogía de manera inusual mis intereses profesionales más anhelados.  Como recién graduado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, encontré fascinante aquel estrecho de calle repleto de tantas nacionalidades e idiomas. Y mientras Leonel seguramente realizaba cálculos matemáticos con cada cuerpo que se nos cruzaba en frente, yo no paraba en mi asombro.  La Calle Montera era el centro mercantil y de intercambio internacional del producto más consumido en el mundo: el sexo. Era la mejor evidencia de que bajo las sombras de las “Naciones Unidas”, si existía el mercado justo.  Una vitrina de cien metros en cada lado que exhibía “lo mejor” de cada rincón del mundo.  Hacia un extremo las Africanas, la mayoría de Nigeria.  Al otro lado las de Europa del Este, un poco más abajo las de centro y Suramérica, y entre todo aquel mar de cuerpos, con gran discreción, las españolas; las favoritas de Leonel, que como era de esperarse de cualquier buen economista prefería las de producción local.    Su rostro decrepito y vacio de emociones se había transformado en el de un niño al centro de un local de golosinas.   Carmen se despidió con una sonrisa y desapareció entre la gente.  Un largo rato después, regresamos a nuestra habitación luego de haber olvidado llamar a nuestros familiares y no pasó mucho tiempo para que mi amigo me dijera:

-Tenemos que regresar  -Me dijo en tono ansioso-  Nos arreglamos, buscamos un cajero automático y después de unas copas, a vivir!


Accedí.  Y un rato más tarde regresamos a la misma calle donde minutos antes, con gran descaro, habíamos hecho una prueba de campo para identificar a las españolas entre todas ellas.  En el bar, solo tomamos una copa; lo que alcanzó para discutir nuestro plan.  El se encontraría con Penélope, la chica de cabello largo y rizado, de rostro angelical y ojos verdes con la cual había acordado.  Yo le esperaría en un bar cercano, donde tomaría unas copas e intentaría relajarme luego de aquel largo día.  Le acompañé hasta el lugar del encuentro y pude notar la excitación en el rostro de Leonel, quien caminaba a toda prisa.  Luego de dejarle con Penélope, quien de cerca lucía más joven y hermosa de lo que anticipé, caminé cuesta arriba y al final de la calle, una imagen me regaló la visión más cruda de aquel mundo. En la acera de la izquierda, a unos pasos del bar a donde me dirigía, un anciano se apoyaba con una mano sobre un bastón, mientras con la otra frotaba los genitales de una chica de aspecto aniñado. Aun consternado por aquella imagen, busqué refugio en un bar donde me pedí una botella de vino.  Y unos sorbos antes de acabarla, el rostro más hermoso que jamás había visto me interrumpió:

-Hola guapo; ¿Me invitas una copa?

-Disculpe, pero honestamente no estoy buscando…

-Sé lo que piensas:  que soy puta como las de allá afuera.  Estas solo, yo estoy sola y… ¿Desde cuándo la compañía es un crimen?  Además, no soy puta, te lo juro!  -Su afirmación vino acompañada de un gesto errático que se asimilaba a una cruz-.

Debo admitir que su confirmación y su rostro lo hicieron más fácil.  Y poco después platicábamos entre copas sobre la vida y la soledad.  Su acento era marcado pero no importó mucho.  Las cosas de la vida, pensé. La mujer más interesante y hermosa que había conocido en mi vida a mi lado, y no era como las de afuera.  Copas y mas copas, una ocasional caricia en el rostro y yo manteniendo la postura.  Así se nos fue la hora,  y le pedí que me esperara mientras salía a buscar a mi amigo.  Ella sonrió y se excusó para ir al baño.  

-Disculpe amigo, la cuenta por favor.

Como pude ser tan imbécil.  Solo me tomó un segundo para darme cuenta de lo que había sucedido.  Aquella realización me dejó muy claro que no era tan guapo o tan inteligente como me contaron; y el golpe fue de 46,500 pesetas, un equivalente a 300 euros.  Trescientos duros por dos botellas de vino de segunda y por la compañía de una rumana de tercera, quien ni siquiera tuvo la cordialidad de llamarse puta.  Pero luego de las lamentaciones me llegó la hora de ir por mi amigo quien seguramente la habría pasado de maravilla; con una fracción de lo que yo había pagado por nada, y con un ejemplar local de primera, o eso creí.   Los gritos y la conmoción a unos pasos del pequeño edificio donde una hora antes Leonel había entrado con su cita me alarmaron; y no llegué a tiempo para atrapar su cuerpo cuando lo lanzaron desde adentro hasta la acera, descamisado y con los pantalones a la rodilla.   Aun con el cuerpo pintado de lápiz labial, lo último que Leonel alcanzó a besar fue el suelo empedrado de La Calle Montera.  Y mientras hacía un intento por levantarse, la puerta se cerró detrás de el.  No siempre es bueno ser el primero; esto lo aprendimos de camino al hostal.  También realicé que después de todo, había sido afortunado y que no me había ido tan mal como había pensado.  

Cuando los chulos intervinieron con Leonel, éste le pegaba una paliza a su cita, quien resultó ser más Pedro que Penélope; y lo cual no le tomó mucho tiempo advertir cuando se dispuso a quitarse la venda con la que le habían cubierto los ojos.  Cuando la venda cayó al suelo, a Leonel le dio un ataque de nervios y fue poseído por el mismísimo demonio al ver que a Penélope, quiero decir, Pedro, le colgaba mas piel e desde la entrepierna y que sus pechos no eran pequeños y firmes como creyó, más bien eran los pechos de un hombre.  Leonel se mantuvo callado por largas horas después de haber regresado al hostal.  Quizás, el banderín de arcoíris en la entrada no le había venido bien luego de aquel encuentro.  Y como pretender entender las emociones de un hombre el cual nunca ha estado íntimamente con una mujer, y cuando finalmente la vida y 10,000 pesetas le regalan esa oportunidad, choca con la cruda realidad de que cuando se busca comprar amor, nada es lo que parece.  A mitad de la noche y visiblemente destruido, Leonel al fin me habló:

-¿Me acompañas por unas copas?  No quiero pasar un instante más en este lugar…

Aunque no intercambiamos palabras, la caminata hasta el bar fue agradable.  Las calles del centro de Madrid estaban desiertas y esto nos trajo la sensación de que caminábamos solos, de que todo aquello era nuestro y que éramos invisibles.  Muy lejos de La Calle Montera encontramos un pequeño bar el cual estaba vacío.  Nos pedimos unas cervezas y regresamos al silencio. Y por un momento me pareció escuchar la voz de mi hermano, burlándose, cantándonos.  Un minuto más tarde, un anciano con bastón se nos unió en la oscuridad.  Y mientras pedía una copa de vino tinto se detuvo a mi lado, y alcancé a ver nuestro reflejo entre las botellas frente al espejo al otro lado bar.  Leonel en un extremo y el anciano al otro, con una mano en su bastón, y sonriente con la otra en sus genitales.  Con la misma mano con la cual acariciaba sus genitales tomó la copa de vino y la levantó.  Yo volví la mirada al espejo y no pude evitar ignorar la voz que desde muy adentro me cantaba:  "Tres Putitas, no hay remedio, y la más putita es la del medio…" 

<<Suspiré>>.  Suspiré en el mismo momento en que el anciano bajo su copa y se volteó hacia mí, y con una voz rasposa me grito al oído:

-Por las putas y por la salud!

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7.8.11

The Man Who Feed the Birds



To "L",
Who found meaning to my dream and who I later abandoned;
like I usually do with the things I love the most... 



CHAPTER 1

     Morning breaks.  A wary and dim ray of light moved slowly from the window, through the wall, across the wooden floor, slowly finding its way to his bed.  A naked brick wall at the head of a corroded metallic bed frame shows a black and white photograph with an illegible message written on it, trapped between a tilted mahogany frame.  Below, curled brown hair and a week old beard covered his ordeal in secret. There, hidden underneath the sound of an early morning ferry and silk handmade linen he laid, with his eyes closed, awake, and waiting for the right time to open them for the first time.  The sound of the belfry of a nearby cathedral followed the first ray of sunlight that dared its way inside, and when it reached his forehead, he opened his eyes.   For a moment, the small room around him turned darker as he took a deep breath.  He rubbed his eyes and coughed desperately a moment before he lit a cigarette, and the white curtain that covered the room’s only window almost flew outside as he exhaled.   Completely dressed, with the cigarette still on his lips he got up, walked towards a small table at a corner of the room and sat on its only chair.  A brown leather briefcase lied atop of the table and in top of it; the outline of two hands was then more visible due to the several days’ accumulation of dust and ashes.   There, like every morning, he sat in silence for a long while with both hands on top of the briefcase, with his eyes fixed on the daily spectacle that the white curtain and the wind had for him. 
As he prepared to wash his face, he waited for the steam to completely blur the mirror before he dared to look at himself on it.  When he finally looked, not being able to recognize his own face gave him a small sense of comfort and complicity.   The water that dripped from his face falling on the wooden floor sounded like skipping stones on a quiet lake, at least for him it did.  For many years he had been longing this moment, waiting for this day.
He walked to a small door at the far wall of the room and stood there for a moment; still, lost in his thoughts. And for the first time in many years, an elusive smile escaped from his lips to quickly disappear again behind his thick beard.  He opened the door and inside, he found a gray suit and a leather gym bag.  On his way back to the bathroom, he reached for another cigarette from the bedside table and lit it before the bathroom door closed behind him.  Minutes later, the light and the steam escaping from the space between the bathroom door and the floor gave the room outside an eerie ambiance of anticipation.   Inside, warm water ran from his dark hair over his now shaved face and he allowed himself one last attempt to remember her face, the same face he knew then was completely lost somewhere in his memory for two decades.   Her voice remained vivid, and every word she said to him. Even after all those years he remembered her perfume, the blue dress that covered her pale skin and the fluttering of birds flying over an old wooden pier, the same that became through time his only witness, the same pier that took her away, and the same that took him twenty years to find. 
His search started exactly twenty years before that morning and soon after he saw her for the first and for the last time.   It was his fourteen birthday, and after a small celebration among friends and family, he went to bed earlier than usual.  He felt tired, something rare at the blossom of youth, and even with the loud music coming from outside, he quickly fell asleep.  When he woke up three hours later, it was still dark and he could hear voices and music coming from outside; but he couldn’t open his eyes, his throat felt heavy and his mouth was dry.  Still shaken from what had seemed to be a very strange dream, he urgently rubbed his eyes and recognized a residue that reminded him of small grains of sand at the tip of his fingers.  He had been crying.  Dry tears, he thought while making a quiet effort to sit at the edge of his bed.  Captivated he stood there; quiet and restless, and revisited in his head the dream over and over, trying to find a meaning if there was any, trying to understand.   Over and over he opened and closed his eyes in the darkness of his room, tempting himself to fall asleep even knowing that it would be useless, as it was useless to find her again, to dream the same dream, and every single time, it was the same, futile. 

<<There’s a man walking alone on a dirt road, next to a cliff that touches a vast and endless ocean at its feet.  I can hear footsteps scratching the gravel, the sound of birds flying overhead and the wind.  I can smell the sea, the dirt road turns into sand, into wooden steps, it’s like...  The sky is gray but there are no clouds, and the red Sun at the horizon gives the ocean a reddish flare>>.
 "I am that man." 
I am walking now downhill and approaching to what appears to be an abandoned wooden pier. I’m walking over small rocks now.
"What is that smell?"  
I’m closer now and I no longer hear my footsteps or the wind, suddenly, everything goes quiet, everything stops. 
"There is someone else."  
I’m not wearing any shoes and the small rocks under my feet dissolve and turn into sand, and the sand quickly into old wooden panels.  I am now at the pier. I cannot hear it creak but I know it does, I can feel it on my knees.  Wait!  I see something, there is someone else.  It smells like flowers, is all around me now.  I can’t see anything but blurriness.
"There is someone there, a woman."
I look back and for my bewilderment, the cliff next to the dirt road from where I came disappeared and now on its place, colorful small structures, a large cathedral, and empty city surrounded by canals.
"I have seen this place before."
A cold breeze coming from the edge of the pier made me turn, and there, sitting at the far end I saw her, immobile and facing away to the sea.  Everything is so quiet, so still, and even when there are hundreds of them,  I no longer hear the birds flapping, just the waves braking at the rocks under the cricking wood walk.   An enchanting fragrance surrounded me.
"Don’t be afraid, come closer...",   she said while still looking away.
I looked around, It took me a long while.  I don’t remember  walking towards her. I sat next to her but she didn’t move, I am too nervous to even look at her. She has no face.  I can’t tell if the Sun is rising or setting but I could almost hear the ocean extinguishing its flames.
"Do you know why you are here?"   She asked me and her dark eyes buried into mine.
I couldn’t talk, I couldn’t answer and my body was numbed.  She turned her eyes again to the horizon and her brief silence seemed an eternity.  Suddenly, she turned to me and whispered to my ear, slowly got up and walked away, disappeared…

Completely covered in steam, there was almost no visibility inside the bathroom when he opened the curtain.  He extended his arm and reached a towel, wrapped it over his waist and opened the door with his left hand while standing in front of the mirror.  The steam slowly find its way outside to the room, dancing slowly over the floor, climbing gently over the bed and suddenly speeding up, escaping through the white curtain to the silence of the city outside.  With his right hand he touched the mirror and quickly retrieved it, creating a clear space where he could now see his face.  He stood there, contemplating his face for an instant until the mirror blurred back again.  When he walked out, he saw that the drops of water at the floor from when he had washed his faced earlier had  foound the cigarette ashes  and formed what resemble to be to be flying birds on the floor.  He rubbed his eyes as if trying to get back his senses.   From the leather bag on his closet, he took a small mirror and studied every centimeter of his face once again.  His skin looked rejuvenated and rested, and, when his eyes met his reflection for a second time, as usual, an ocean of emotions and doubts invaded him.  He couldn’t believe that he had being able to wait two decades to find someone who he had just seen in a dream, who in fact wasn’t real.  Or was she?   
A month before, and not far outside those walls, he discovered that the vanishing cliff next to the never-ending sea and the colorful city surrounded by canals at the side of an old mysterious wooden pier actually existed; as real as it was on his now blurred  and corrupted memory.

CHAPTER 2

Dressed in an elegant gray suit, with his dark hair still wet, he stood in front of the dusty briefcase and opened it without further hesitation.  Inside, he found his long companions, a twenty year’s old notebook, a city map, photographs, a small clear bottle containing a yellowish liquid and a paper bag.  Almost ready, he assured himself as he sat and opened the notebook and slowly began passing its pages.  He passed several drawings of an unknown figure, all very much alike. The pages smelled like gentle rain falling over dry leaves at the last day of summer.  As he continued violently passing page after page in silence, he also passed several handwritten notes, maps, and a few drawings of wooden piers, all with a small city on their background.  In the last decade, he turned out and became a good artist and a well known novelist.   He dedicated almost half of his life to words and research, both serving his professional and personal mainsprings. Living a jealously private and reclusive life, he had also managed to travel unnoticed to dozens of coastal cities around the world in search for the one he believed to be the right one:  Antofagasta, Cascais, Azores, Tristan da Cunha, Vestmannaeyjar and Colombo being just a handful of them.  That day, an unrecognizable sense of anticipation invaded him. He had finally found, as he dreamed, the pier where he saw her, where she told him to find her, and where she would be waiting for him.  He closed the notebook, looked up to the decaying ceiling and took one last deep breath just before he confined it again on his briefcase.
He got up and walked to the bedside table, picked up the receiver and dialed a single number. A grateful masculine voice answered:
"Good morning. I am calling from room 1106. I would like to cancel my transportation request, Is quite a beautiful morning and I would prefer to walk…"  
After thanking the gentleman at the hotel reception he hanged up the phone and walked back to the small table.  In what it seemed to be a single precise movement, he decisively lifted the briefcase and left the door open as he walked out.  As he walked down the corridor, he passed the elevators and headed for the stairs.  A few years ago, the inexplicable sense of grief and anticipation of this day turned him into an old man.  There was now, as a first, a certain level of confidence and elegance in his stride. When the heavy glass door closed behind, everything around him went quiet.  Briefly, and only seeking leverage, he grabbed onto the sidebar with his left hand as if to find some support as he started his way down the stairs but quickly recovered.  His stride was light and almost rhythmical.  He could grasp the occasional joyful voices coming from each floor, muffed and distant as he continued his way down; and, as if on a trance, with his eyes fixed in front, he avoided to look down.
<<Find me.  Twenty years from today…>>  He could hear her voice as vivid as the first time.
He paused.  He thought he heard a voice coming from inside the building just before the heavy door closed and the midday Sun blinded him.  He looked down the empty street and allowed himself a moment to adapt to the light; then, he turned and looked around him.  The city was quiet and warm and  the sound of a departing train and his first step blended in unison.  From there, he could barely see the clock tower and the train station’s rooftop was hidden by tree branches not far away.  Slowly and still lost in his thoughts, he began walking towards the train station and a familiar sound suddenly brought him back.  
Dozens of birds flying everywhere, flying over him, and an infantile smile escaped from his lips when he almost fell on his knees.  A recognizable smell announced his proximity to the sea, and the usual city sounds came back alive as the top half of the clock tower became visible.  He looked at his wristwatch and then again to the clock tower, understanding.  He assured himself that there was no way to be late for a meeting with unraveled destiny, if it turned out to be so. He couldn’t be late, not after twenty years, without any certainty or statement that relieved the doubt that what he was doing was not the feat of a madman.  <<Why meeting someone that I just dreamed?>>  That was the only question he found himself unable to answer, not to anyone, not to his editor, not even to himself.

CHAPTER 3

No one can tempt death that many times and walk away with it, not with their own two feet.  Not in these murky shallow waters.  It’s not her first time, but surely her last.  She gave her best fight, she tried to come out; perhaps once again she changed her mind.  But it was too late. Her strength, she gave up.
"Right Ms. Gray? What was she thinking? That she could cheat death; cheat us?"  He whispered to the bird on his hand as he leaned forward and got closer.   
"Play me?  What did you say Ms. Gray?"
"I know.  Last time she got lucky, yes. Perhaps this time one of the anchor lines got entangled to her legs, but she did try to come out; right? - Go and take her up. Take her for a ride. Go take her far away before is too late and she goes for good."
He raised his hand in a quick and precise movement and the bird flew away. He got up an instant before the rescue diver resurfaced, several meters in front of him with Triana’s lifeless body, wearing the same blue dress she wore for years.  Her legs were entangled with a rope at her ankles.
"She’s dead, yes.  No one can cheat death twice from here and call it a victory.  Right Ms. Gray?"    The old man whispered to himself as he carefully managed to walk through a carpet of pigeons that covered the cobblestones around him.  

He gave a few steps before the young and masculine voice of a Guardia Costiero called for him, he continued walking even after the Guardia Costiero yelled for him to halt as he walked decisively towards him.  With small tired steps, the old man continued walking, ignoring the guard’s call.  He reached his jacket’s side pockets simultaneously with both hands, and with a single motion he crushed the bread pieces into crumbs and raised both arms above his head spraying them to the air in a triumphal gesture.  Instantly, a thousand feeding birds came from nowhere and formed a thick wall between him and his follower, allowing him to disappear, or so he thought.  The Guardia Costiero kept walking decisively a few meters behind him, faster through the thick cloud of pigeons until he finally found his shoulder. 
"Excuse me sir, I need to ask you a question." He said while trying to compose himself and catch his breath.  
Before the young policeman finished his request, the old man stopped defiantly in front of him and fixed his eyes into his as he began unbuttoning his worn out tweed jacket and his shirt.  The guard gave a quick step backwards and made an attempt to reach for his gun.  One button at a time, almost measured, he opened his dark shirt and raised both arms allowing the young policeman to see it.  The skin on his broad chest was completely covered with scars, and in its center, he kept the only word he ever shared with the rest of the world.  The wrinkled tattoo read:  SORDOMUTO 
He stood there for a long while, even after the Guardia Costiero had walked away and was now back at the boardwalk, trying to dissipate the growing group of nosy and curious wanderers and locals who wanted to take a closer look to “Triana la pazza’s” body, as they knew her at Isola San Pietro.   With his eyes fixed to the fragile wooden pier from where Triana had jumped to the murky waters of the canal.  The approaching sirens of two Polizia municipale boats brought the old man back and he immediately lowered both arms and walked away; disappearing as he walk through the narrow space between two colorful and faded small buildings.   
Several minutes later and not far from where Triana Gallo had drowned, he sat at the usual corner outside the cathedral where every Sunday he patiently waited for the small crowd to come out. The same crowd, he thought.  A crowd formed mostly by the avant-garde and by pretentious Catholics and tourists.   Just a handful of locals; not even that make them the best Christians, he always reminded himself.  Not many, but among them was Lucia.  Lucia’s new parents were faithful Catholics and also very predictable: they never missed Sunday mass.  Lucia, even with her 9 years of age, she knew more than they though and even more than she should.  
"She always make her wear that same dress, that old tramp.  She always do and she hates it, I can see it in her eyes.  But still, she always manages to smile, so gracious!  Oh, she looks so much like her mother, she’s her mirror, and she reflects everything but her demons…"  The old man whispered.
Lucia knew that the woman holding her hand wasn’t her real mother; the kids at her school were so cruel, but she never dared to ask.   When they reached the bottom of the stairs, she always turned around and looked for for the old man.  That was the only reason why he kept going there, to see her smile.  She was the only one who had ever smiled at him. 
"Back so soon Ms. Gray?"  -he barely opened his lips when a grey pigeon landed on his legs
"Look! She looks just like her mother; doesn’t she Ms. Gray? She will be as beautiful as she is, or should I say, as she was?  Beautiful nevertheless, but let’s hope that not as mad.  Did you find somebody good enough for her Ms. Gray? Did you?  There’s still time, I know.  That’s the only thing we have don’t we?"  he paused for a long while and then continued: 
"They are leaving now Ms. Gray.  Let’s go on.  Come on now Ms. Gray, we’ll come back next Sunday. Let’s go, we have to feed the others."
 
CHAPTER 4

At the station in Mestre, he chose to grab a cup of tea before boarding the train to St. Lucia in a last attempt to find calm and control to his growing anticipation.  At the table, he lit a cigarette and took a long drag as he opened his leather briefcase to review his notes one last time.  Inside his writing pad he found her picture, taken almost four decades ago.  She was graceful, so elegant; he thought as he shook his head and placed it back inside the briefcase, facing down.  He took the last sip of tea and leaving his cigarette still lit on the ashtray, he got up with the metallic sound of a stopping train.   The five kilometer ride over the Ponte della Libertà to St. Lucia fell longer for him, heavier than the last time.  He couldn’t clear his mind from the recurrent memories.  The vivid memory of the dream that brought him there and the countless questions that piled through the years.            <<Why me?>>  For twenty years he asked himself the very same question.  At first he was hesitant when he tried to talk to anyone about it; and it was not until he unexpectedly found her in an article about an Italian actress who had drowned in Venice that he actually found some sort of sense to it, or otherwise. Theater actress Triana Gallo drowns in Venice.   Her entire life was a question mark, a puzzle.  How she suddenly vanished for years after her great but brief success and was then found.  When they found her, no one  recognized her: beaten and bleeding at that park.  She was pregnant.  

<<Why me? >>
After arriving at St. Lucia, Emilio took a quick look at his wristwatch and began walking.  He knew exactly where he was heading and who was waiting for him.  It was warm considering that was still morning.  It was not his first time in Venice, but this time, he would at least find the missing piece of Triana Gallo’s puzzling life, or so he thought.  He would be able to finally write the last chapter of his story, a story that had taken almost half of his life to write.   He walked, lost in his thoughts, but his legs knew where to take him.  A moment later he stopped.  When he crossed the small bridge to Isola San Pietro, he looked back and allowed himself an instant to remember the long journey that had taken him there and something inside reminded him that it was not the end.  Suddenly, the sound of flapping birds overhead made him turn and the figure of a woman appeared and passed running in front of him. <<What is that smell?>>  He walked a few meters and turned towards the pier to find that there was no one there.  As he got closer to the boardwalk, he noticed footprints over the cobblestone, wet footprints that ended at the edge of an old wooden pier.  And as began following them, a woman’s voice called him by his name.
"Emilio; don’t be afraid.  Come closer. "

He looked at her and it took him a moment to comprehend.  He walked towards her and stopped at her side.
"Excuse me: Lucia?"  He asked her quietly.
She lowered her head in confirmation.  Emilio tried to find her eyes but they were fixed to the pier in front and to the distance and when he finally sat next to her, she remained quiet, immobile.  
"I’m not sure where to start, I have been planning for this moment for two decades and now I am speechless.  Let’s see...  Where do we start?  Do you mind if I take notes?"  Emilio asked with broken words.
"No. You may take notes if you wish." 
"I don’t know where to start..."
"Why don’t we start from the beginning?"  She said and for the first time she looked at him.
"That should be appropriate."  He said forcing a smile. 
"So, this is where your mother died?"
"Yes, today it’s been twenty years since they found her body at the canal."
"I have read many things about her…"
She turned and looked away and Emilio followed her eyes to the distance and once again he saw the wet footprints that ended at the far side of the pier.  There was now a man standing where the footprints ended, an old man that was not there before.  An old man wearing a worn tweed jacket was looking down to the canal.  Suddenly, a gray pigeon landed on his shoulder and he turned, burying his eyes into Emilio's.  Emilio tried to ignore it at first and lowered his head and reached for his notepad. 
"Excuse me Lucia; I need to ask you...  Do you know who that man is?"
She remained silent for a long while; and then, with a thoughtful gesture she looked at the man at the pier and then turned back to him.
"He’s no one...  -She whispered while she bit her lips."

"He's no one. He is just the man who feed the birds..."
 
When I looked again, there was no one at the pier, and the last footprint slowly dissapeared an instant before I felt her warm hand in top of mine.  And as she got lost into the distance once again, a tear rolled down her face.

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Mestre, 2009...
                                                                                                                                            
                                                                                                                                           
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2.8.11

Pròfugs de Barcelona





Cuando terminé de escribir Prófugs de Barcelona, como se ha convertido en costumbre luego de finalizar cada relato, encendí las luces y el estéreo.  Algún tiempo atrás, la rutina jubilosa del Jazz en la terraza hubiera sido acompañada de un cigarrillo y algunas copas; quizás, hubiera incluso accedido a la plática ocasional con algún amigo de esos que hacían siglos que no veía y que por alguna razón acostumbraban a telefonear tardísimo en la noche, cuando menos lo esperaba.  Algún tiempo atrás, pero esta noche no.  Cuando finalicé el relato que contaba la historia de Sofía, cual es la mía,  encendí las luces de mi estudio y las volví a apagar. Algún tiempo atrás la rutina de revisar algunos manuscritos bajo la pobre luz de la luna me trajo cierto sentimiento de confianza, sabría que todo lo que me forzaba a releer lo había escrito como debí.   Algún tiempo atrás, pero esta noche no.   Cuando encendí las luces y mis ojos alcanzaron a leer las primeras líneas del texto que sostenía, lo  entendí. Algún tiempo atrás habría sonreído,  sonreído como un diablillo, me hubiera causado risa la intriga de reaccionar así ante algo que yo mismo había escrito, algún tiempo atrás, pero esta noche no.    Desde siempre, y con el fin de poder contar historias, he recurrido a la sutil vulgaridad de apropiarme de lo que no es mío, y no me refiero a nada que pueda o haya sido creado por el hombre, hablo de vidas.  Y no, no le he quitado la vida a nadie, no me refiero a la vida que el hombre –aunque muchos así no lo entiendan– puede dar, y la cual también desafortunadamente ha aprendido a quitar.  Hablo de vidas como todo aquello que la conforma y que le da color, y que solamente nosotros podemos transformar: las experiencias, los momentos, las pasiones, los sueños, los deseos y los secretos; por mencionar algunos.    Siempre se me hizo relativamente fácil escribir cualquier historia ya que siempre tuve accesible en mi pequeña “caja”  las vidas de otros, con las que jugaba a mi antojo con el único fin de construir ideas, personajes, relatos, e incluso hasta mis memorias, las que se supone narren mi propia vida. 

     Muchos quienes se dedican a las letras aceptan esta práctica y la declaran como esencial, pero en mi caso, a diferencia de todos ellos, no he sido necesariamente quien se sienta en algún Café a la orilla de cualquier calle en busca de alguna historia que contar. Yo me he aventurado, y debo admitir que incluso me he forzado a llegar un poco más allá, teniendo la desfachatez y el descaro de meterme en la vida de otros.  Y mientras intento tomar control de sus pasos, influir en sus decisiones y reconstruir sus emociones; a medida que hago de sus tiempos los míos y mi proximidad afecta cada vez más y de cualquier forma sus días, me robo sus vidas y me lanzo a la fuga.   Quizás por eso es que recientemente se me ha hecho tan difícil escribir; bueno, no debería decir que se me ha hecho difícil hacerlo, lo difícil ha sido poder escribir luego de haber roto mi relación con este hábito de efectos narcóticos. 
  
     Pero cierto es que no siempre las cosas nos tocan como queremos, o como pensamos.  Incluso cuando creemos tener la capacidad de influenciar todo lo que nos rodea, no tardamos en advertir que siempre existe un espacio imposible de penetrar.   Y porque me encontré cara a cara con ese espacio que creí imposible de penetrar cuando comencé a revisar el manuscrito de Prófugs de Barcelona, inmediatamente después de encender la luz, la apagué.  Me olvidé del Jazz, de la luna en la terraza, y de la botella de vino blanco para celebrar, la cual hasta hoy se mantiene cerrada sobre el escritorio.  Fue en ese momento, en el que me disponía a deleitarme una vez más con las palabras que escribí manoseando los residuos de otra vida cuando escuche su voz, que también era la mía.   En la oscuridad de mi estudio, la única fuente de luz provenía de la pantalla del ordenador.  Unos espacios más abajo, en lo más profundo, oscuro e inaccesible de un cajón,  hoy descansa Prófugs de Barcelona, relato, que por si aun no lo han entendido, no será publicado ni leído por otros ojos que no sean los míos.  Como mencioné anteriormente, no siempre las cosas nos tocan como quisiéramos, y al menos hasta hoy no sé como enfrentarme a la realidad tan íntima de las palabras que escribí cuando intenté contar la historia de Sofía y terminé encontrándome a mí mismo.  Y utilizo la palabra descansa ya que soy un cobarde de mierda a quien le cuesta admitir que éste relato lo escondí en el lugar en el que sé que jamás volveré a buscar, porque no tengo valor, porque detrás de mis manos, detrás de esta ultra-imagen trabajada y debajo de esta piel, no soy más que un miedoso de mierda. 

Escribí

     Escribí sobre Sofía y de como sus labios resecos conservaban el color más oscuro del Jeréz.  Escribí sobre el sabor de su boca, la cual sabía a uvas blancas fermentadas y a resignación.  Me atreví a describir su rostro, el cual le pesaba mientras subía la mirada para contemplar brevemente a través de su ventana y por última vez la vieja calle vacía que la adornó, que le sirvió de antesala y confirmación; transformando las migajas de su última sonrisa en desdicha y espera.  Fui tan déspota que incluso creí acertar cuando narré sus mañanas con mis rebuscadas descripciones. He sido tan pedestre, que la describo despertando recordándome, compartiéndome con el primer rayo de Sol que se colaba entre las cortinas.  Y con la retorica vacía y trillada de los escritores colegiados que no escriben nada más que mariconadas, terminé  Prófugs de Barcelona, mi mejor y peor intento por hacer lucir todo lo que me rodea perfecto, ya que nada dentro de mí lo es.   Este relato no descansa, ni lo guardo cuidadosamente porque realmente valga la pena, este relato lo oculto y lo silencio porque como tantas otras cosas que he pretendido olvidar, me quitan la preciada máscara con la que cubro mi rostro y mil otras cosas más.   Escribí sobre los nueve días que pasamos juntos, caminando lado a lado por la Rambla, en el corazón de Barcelona; escribí sobre el timbre de su voz al murmurarle un vals a los fantasmitas del Parc Güell,  e hice un carnaval de su cintura desnuda, y de mis manos amplias, las mismas que ella solo imaginó mojadas por la lluvia que cada mañana caía, y que se interponía entre sus deseos y su espera.   Sí, fui tan torero que dediqué mas de cien palabras a lo inesperado de aquel encuentro, al sabor del sudor de su cuerpo amarrado al mío, al sonido de las confirmaciones de amor que no entendía, escribí de su viaje desde el norte, del mío desde el sur,  de un encuentro indefinible y de las canciones que se escuchaban de fondo. Pero la realidad fue y es otra,  algún tiempo atrás tal vez engañaría a todos con otra historieta robada de las vidas de otros, incluso a mí mismo, algún tiempo atrás, pero esta noche no.
  
     Si quisiera, incluso ahora que escribo esta carta, podría hacer un último intento desesperado por lograr que quien la lea encuentre en ella algunos rastros de arrepentimiento o de dolor por lo que hice, pero esta noche se me haría muy difícil lograrlo pues no tengo de quien hablar.  Nunca aprendí a explicar, nunca quise entender y menos aun, nunca me permití mirarme por dentro de la misma manera que lo he hecho como hasta hace algún tiempo lo hice con todo lo que me rodea.  ¿Cómo explicar lo que no se conoce?   ¿Cómo hablar de lo que conoces pero pretendes ignorar?

   Hoy no me esconderé detrás del vino, hoy no fingiré júbilo, ni disfrutaré el monstruoso ruido que es el  Jazz, y me olvidaré de la luna en la terraza. Hoy voy a ignorar las llamadas de mis amigos, y las llamadas de los que no son tan amigos pero que aun así los someto al mismo ritual de los discursos nauseabundos sobre literatura y de vivencias que ni siquiera a mi me importan.  Hoy no cambiaré la mirada al pasar frente al espejo y encenderé todas las luces.  Hoy decidí quitarme las plumas, a las que por tanto tiempo he recurrido para disfrazar mi carne, para esconder quien realmente soy, y con las que cambié mi forma de hombre para convertirme en lechuza. 

Prófugs de Barcelona, que gran estafa! 

     Una historia más que imaginé, otra historia que robé, otro cuentecito con el cual arrastré por los cabellos a quien se apostó doble aun sabiendo que perdería.  Un encuentro más al que falté, una carta de despedida escrita sobre una servilleta mojada sobre el suelo, el puñal que atravesó la carta que traía el mensajero agujerando mi nombre. 

     Ella regresó al norte y yo caminé a solas las mismas calles que ella caminó por unos días más después de su partida.  Y cada vez que me pareció encontrarla, como sucedió tantas veces, bajé la mirada, subí el cuello de mi chaqueta y con paso apresurado desaparecí entre la gente.

¿Cuándo fue la última vez que alguien me vio?  

     Hoy le doy gracias a la vida porque aun la conservo, aunque no como quisiera.  Aquel paisaje que compartimos aun estando a solas todavía me persigue, y aun cuando he aprendido a extender la duración natural de cada día, nunca he sido capaz de recuperar  aquellas nueve tardes.  Nunca nos hemos mirado a los ojos pero nuestros cuerpos no conocen la distancia.   De aquella habitación, ella conservó el deseo y muchas historias que solo soñó.  Yo en cambio guardo algo más, mucho más que otra vida robada, pero estas son las cosas que le dejo al silencio del cajón. 
                         
     Por mucho tiempo me he rehusado a vivir, y he vivido mi tiempo como si fuera de todos y de nadie.  Y aun cuando reconozco que elegir limita grandemente las opciones, y que mientras opte por no hacerlo todo permanece posible; lo dejaría todo, viajaría en el tiempo y regresaría a Barcelona, a la Barcelona que no tuvimos, a la Barcelona que le negué.  Y dejaría de ser el prófugo de Sofía, quien es el prófugo de sí mismo…  


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We cannot go back, that's why is so hard to chose. 
You have to make the right choice, but as long as we don't chose,
everything remains possible...  -Jaco Van Dormael



3.7.11

A Través del Vidrio



     Cuando escribí mi primer relato, el cual siquiera cumplía con la formalidad de un párrafo,  no entendía claramente aun el significado de la palabra literatura.  Para mí, la filosofía tenía el mismo valor que cualquier rostro olvidable, no me impresionaban las historias de cubículo ni me conmovía con los discursos tediosos y trastocados de cualquier payaso que cobrara por hablar de la vida.   Cuando escribí por primera vez, no lo hice por amor a las letras ni con la intención de ser leído; cuando escribí por primera vez lo hice mas por la necesidad de ser escuchado, no por otros, si no por mí mismo.   Aunque no recuerdo claramente el momento en que comencé a trazar pasajes y construir líneas, recuerdo vívidamente cada instante en los que las destruí.  Cientos de páginas terminaron quemadas, garabateadas, rasgueadas o a la deriva; flotando sobre cualquier cuerpo de agua o sumergidos en algún lavabo de las tabernas de ocasión.   En la limitada enseñanza formal que tuve, porque los mejores cursos los aprobé en los Cafés que me encontraba de camino a la universidad, fui un pésimo estudiante de historia.  En los Cafés aprendí que el pasado era presente, y que la memoria podía ser contada de tal manera que dejara de ser de ayer para convertirse en ahora.   No recuerdo bien el rostro ni el nombre de mi primer profesor, habría sido cualquier radical de esos que aun se reúnen en los pocos bares que quedan para evocar los tiempos, donde había tiempo para perder el tiempo. 
     Lo que hoy sé, que no necesariamente fue lo mejor que aprendí,  lo escuché del Barón Fandherri y sus discursos, de los cuentos que contaba sentado en su lugar habitual en aquel Café, los mismos que se les escaparan gota a gota, entre sorbo y sorbo de coñac.  Contaba una historia del 1927, y por su edad y su acento, sabía que para entonces no solamente hacía mucho tiempo que había nacido, si no que había nacido lejos de los circuitos que le sirvieron como lugar de desarrollo a sus historias.  Con su figura esbelta, su voz pausada y su cabello blanquísimo, contaba entre sorbos de la vez en la que se escapó en llamas de su auto Formula 1.   El Barón Fandherri, con el título de noble Ingles auto-impuesto que incluyó detrás de un nombre ficticio, fue mi primer profesor de historia, mi compañero de copas y el mejor cuentacuentos de todos los que conocí.  No fue piloto de autos de carrera, ni italiano como pensé al escuchar su nombre, ni británico por su título.  Con 86 años, Klaus Schorlemmer, además de poseer una gran imaginación y destreza para contar historias, guardó cuidadosamente y con gran éxito su secreto. Y no fue hasta años después de conocerle, de centenares de historias y de copas, que supe, de la voz del nuevo ocupante de su silla en aquel Café, que había fallecido, que el refugiado del ejército alemán se había ido al cielo  de manera fulminante, a doscientos kilómetros por hora como siempre imaginó.  Aquella fue mi primera lección:   El arte es una mentira que dice la verdad.   Y escuchando aprendí que se puede contar lo que pasó, aunque haya sido imaginado,  de tal manera que vuelva a ocurrir cuando uno lo cuenta, y que se pueda incluso escuchar ese remoto trueno en una ciudad sin lluvia, que sea posible ver huellas sobre la arena aunque el suelo este hecho de ladrillos o de madera.   El Barón se había marchado con su coñac y sus cuentos a disfrutar de la carrera que es la vida desde la butaca de arriba, y aunque me dejó un buen profesor substituto, opté por recolectar mis historias desde otro lugar, desde otra perspectiva.  Así comencé a escribir, como lo aprendí de él; a través del vaso, a través de las ventanas de la imaginación, frente al espejo, a través del vidrio. 
     En un segundo relato breve sobre mis comienzos en el arte de narrar;  mi tío Polo, a quien conocí tarde en mi vida, y a quien aprendí a querer más de lo que pensé ser capaz, me enseñó desde el balcón de su casa el magnífico arte del fisgoneo.  Me enseñó que tanto para contar historias como para escribirlas no hacen falta cursos especializados, ni un buen ojo, ni siquiera un buen par de oídos.  Mi tío Polo me enseñó que la mejor herramienta de un buen escritor son sus piernas.  Que de nada serviría una buena historia si no se tiene lo esencial para salvar la propia vida y salir corriendo al ser descubierto recopilando datos, a través de una ventana en  un pobre ejercicio de la indiscreción.   Mi tío fue el mejor de los fisgones y mi segundo maestro.  El todo lo sabía, y lo que no sabía lo imaginaba, y lo que no podía imaginar, lo narraba muy bien.  Aquella fue mi segunda lección.  De muy baja estatura, con un bigote espeso y con un cigarrillo siempre entre los dedos;  con un pasaporte arrugado y manoseado, mi tío Polo fue también mi primer boleto al mundo, aquel mundo que para entonces no conocía.   Con el compartí mi primer cigarrillo y mis primeras ideas, las cuales apreciaba más que por curiosidad, por simple cordialidad.   Siempre me habló, como lo hiciera el Baron Fandherri, de la importancia de escribir cada historia como si se estuviese viviendo, como si estuviera narrándola desde el otro lado del vidrio.  De ese vidrio imaginario que divide a los los actores que personifican la vida de la audiencia y de los espectadores que escriben sobre ellos; el mismo vidrio que divide la realidad de la ficción, cuales solo un buen cuentacuentos sabe unir.   Y así fue como lo vi por última vez, a través de un vidrio en una sala de hospital, buscándome los ojos y regalándome su último aliento antes de cerrar los suyos.
     Aunque el Barón Fandherri nunca escribió nada,  mucho se escribió en los periódicos sobre su vida y sus hazañas después de su muerte.  Desafortunadamente, nunca encontré nada sobre sus días como piloto de autos Formula 1.   El tío Polo en cambio, pasó gran parte de su vida escribiendo poemas y relatos sobre sus viajes, sobre sus experiencias y por supuesto, sobre aquellos amores de paso.   Y aunque para mi asombro, de sus escritos nada se pudo encontrar, fue capaz de hacer que una de sus cartas me encontrara.
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Sobrino,
Aunque no tuve la oportunidad de despedirme como quise, se que al leer esta carta serás capaz de escucharme.  No porque haya sido el gran cuentacuentos que dijiste que era, si no, porque si no puedes escuchar mi voz ahora que es libre, no fui digno de tu compañía.  Desde allá, te escribiré cartas como siempre lo hice cuando te marchaste en busca de un nuevo aire y mejores historias.  Y como siempre fui un hijo de puta, me olvidaré de enviártelas con la esperanza de que algún día te encuentren como te encontró esta.   Espero poder encontrarme con el alemán de quien me platicaste y le daré las gracias de tu parte, no sin antes patearle los huevos por todo lo que hizo durante la segunda guerra mundial; sentimiento que ambos compartimos.   No tengo miedo y nunca lo tuve, me marcho tranquilo sabiendo que desde allá arriba podre fisgonear aun mas y desde una posición aventajada.  No le permitas a tu madre que haga que me afeiten el bigote, no podría descansar en paz viéndome en un ataúd luciendo como un enano en pubertad. Espero que nunca renuncies a tus sueños y que algún día nos volvamos a ver y podamos fumarnos unos cigarrillos a la sombra de un árbol, si toda esa mierda sobre el paraíso es real. Lo único que lamento es no haber podido compartir contigo la ruta.  Haberte llevado a todos aquellos lugares que me sirvieron de escuela y de los que te contaba cuando eras un niño y preferías escucharme contar historias a jugar con tus amigos.   ¿Recuerdas? 
Me hubiera gustado regresar a aquella playa en Cascais, donde me metí en aquel mar vestido con un traje, donde conocí a Sofía y donde pretendí tener amnesia cuando la guardia civil nos encontró desnudos.   Hubiera sido bueno volver a Paris y al museo del Louvre, donde conocí a la mujer más hermosa del mundo, elevada e inmóvil, con sus alas abiertas y sin cabeza.  Admito que hubiera preferido quedarme un poco más de tiempo en este mundo, este mundo que a pesar de tanto suicida y tanto homicida sigue siendo un paraíso.  Paraíso que descubrí en los atardeceres del Machu Pichu y en las pirámides de los Mayas, quienes descubrieron que se nace con dolor pero que el milagro de la vida lo compensa.  Paraíso que encontré en las catedrales de Brasil en forma de ofrendas, ofrendas que me salvaron la vida, que me dieron de comer y pagaron los hostales antes de que descubrieran los feligreses que Dios le estaba saliendo muy caro.  Me hubiera encantado llevarte a ver las ballenas grises en California y  los pingüinos en Tierra del Fuego.  Quisiera volver a Roma y a la Fontana de Trevi, y con las usuales tres copas de más volver a encontrarme con Anita Ekberg, y volver a lamentar la cruda realidad de la mañana siguiente cuando descubría que la mujer a mi lado no era exactamente Miss. Suecia, si no la ballena Californiana de la que te hablé en tantas ocasiones.  Aquellos días en los que confirmaba día a día que no era ni Marcello Mastroianni ni tampoco vivía La Dolce Vita.   Me hubiera gustado volver a los Estados Unidos, brevemente por supuesto, el único país en donde se puede ser un mal actor y un mal presidente al mismo tiempo. Me gustaría volver y recordarles que la guerra y la sangre no se premian con medallas y falsos heroísmos.    Ahora que se que voy a morir, preferiría ignorar las indicaciones del médico, levantarme e irme de paseo por la plaza y decirle adiós a los muchachos y a los viejos amigos.  Y mientras voy de paseo, tocar a las puertas e irme a la huida, y entender que es en vano, que las puertas nunca se cerraron, que nunca se abrieron para dejar salir a nadie, porque nadie nunca llegó.  ¿Por qué no me pones una botellita de vino y unos cigarrillos en el ataúd para disfrutar más el viaje?
Nunca olvides desconfiar de los muertos, porque a veces nos hacemos los genios.  Camina y nunca te olvides que lo seguro no tiene misterio. Disfruta del verano, de tus hermanos y de quienes te reciben con un abrazo.  Se amigo de los ladrones y de las canciones en Francés. Recuerda que el amor es perfecto, pero solo hasta que te enamoras.  Que somos pequeños y que el universo también lo es.  Que el tiempo son pamplinas, que los besos duran mucho y  el sexo muy poco.  Me duele mucho dejar todo esto y me duele mucho mas dejarte. Te quiero mucho sobrino, Vive y no me olvides, porque yo nunca lo haré.
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     La última oración de su carta se había hecho completamente ilegible por las lágrimas.  Cuando subí el rostro y lo miré una vez más a través del vidrio, un grupo de médicos lo sacaba de allí. 
     Unas horas más tarde me encontré conduciendo sin rumbo bajo una lluvia torrencial, y la orquesta de gotas de lluvia que se partían sobre el parabrisas le regalaba un aspecto de agonía a toda la ciudad.  La pobre visibilidad me obligó a detenerme, y para mi fortuna, lo hice frente al mismo Café donde años antes conociera a mi primer maestro.  Cuando mis manos finalmente alcanzaron la puerta de entrada, me detuve por un instante; y en realidad no recuerdo exactamente cuanto tiempo permanecí allí.   Desde aquel lugar, juraría que me pareció ver nuevamente su cabello blanco, sus manos levantando una copa de coñac, cual fuera lo unico que lo separara de aquel muchacho que atento le escuchaba.  Ahora que recuerdo, fue allí donde comencé a contar historias,  como un día lo aprendí de él, a través del vaso.  Y como aprendiera con el tío Polo, oculto al otro lado de cualquier ventana, y como aun me enseña la vida cada vez que me miro frente al espejo.  Un instante más tarde, la lluvia caía más fuerte y decidí entrar.  Esta vez me senté en el lugar usual del viejo cuentacuentos y pedí una copa de coñac en su memoria.   Y mientras me disponía a dar el primer sorbo, sentí que alguien me observaba desde afuera.  Desde allí, a través de la copa alcancé a verle brevemente al otro lado del vidrio empañado, con su gran bigote, con los ojos llenisimos de asombro, con un cigarrillo en una mano y con la otra intentando ocultar su rostro como todo un gran maestro fisgón.

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A Klaus,
Quien seguramente le cuenta cuentos a los mismísimos santos.
Y al tío Polo,
Quien seguramente debe estar escuchándole detrás de alguna ventana del mas allá…