7.4.12

SEIS COPAS con DIOS




Praga: Enero de 2012


     MI ASALTO CONTRA EL RESTO del mundo comenzó exactamente hace dos años.  Lógicamente no haré mención directa del día en que mi vida tomó un giro sin precedentes; estoy seguro que algunos de ustedes aun utilizan los dedos para contar, y no quisiera tener que decir más de lo que debo.  ¿Acaso es que un hombre no tiene derecho a guardar uno que otro secreto?  Y, hablando de saber utilizar los dedos para contar, debo añadir –ahora que lo recuerdo– que el asalto comenzó unos meses antes de aquel día; y para ser preciso, fue un viernes en la tarde, a poca distancia del Museo de la Academia de Florencia.  Y todo comenzó como siempre comienzan estas cosas; casualmente, y con un “hola”.  Debo aclarar que el asalto comenzó además con una cerveza, en el Bar Regente, a poca distancia del arco.; aunque por alguna razón no recuerdo su nombre.  Lara y yo nos habríamos peleado, como era usual al tercer día de cada encuentro; por alguna tontería que habría dicho, o por algún gesto involuntario que le sugiriera disgusto.  Como hombre al fin me fui a la calle, al bar; a buscarme un par de alas, un par de tetas, y en el proceso: borrón y cuenta nueva.  Fueron aquellos los últimos días que viví creyendo que el destino era un lugar habitual.  Para entonces no me importaban mucho las respuestas que me recordaran la verdad; y puedo decir  hoy, con mucha deshonra, que la utilicé; y que luego la dejé en el mismo lugar en el que dejo a quien se cruce por mi camino por más de unos meses: en el olvido.  Digamos que Lara formó parte de ese abominable proceso que todos los hombres pasamos cuando nos dejamos llevar por la razón y no por los instintos.  

     Mi asalto comenzó, como dije, con una cerveza; la cual compartía con los seis “habituales” espacios vacios del Bar Regente. Y una voz profunda, un eco ensordecedor, un aleteo de trompetas voladoras a mí oído suspiró:

“¿sabes que tenemos en común “la nada” y yo?”

“No.  En realidad nada se me ocurre ahora.”  Pause por un instante, forzándome a mantener la mirada fija sobre el mostrador.  “Pero, puede usted deleitarse – a mí me sobra la soledad y el mal gusto.”

“Bueno, pues, te lo diré.” Respondió mientras me miraba fijamente, intentando suspenso.  “¿Sabes que tenemos en común “la nada” y yo?” – En que ninguno de los dos tuvimos principio ni tendremos fin.”  Extendió su mano enorme y suave,  y concluyó: “Mi nombre es Paö, también conocido como el hijo de Dios; mucho gusto en conocerte.”

     Habían transcurrido meses desde la última vez que había tomado una copa.  Aquella noche cumpliría seis meses de estar sobrio.  Y me costaba creer que con tan solo una cerveza ya estaba alucinando. (¿El hijo de Dios?  Pero en que putos líos me ando metiendo?) Se sentó a mi lado, y dedicó un instante a arreglar la cortina de trapos polvorientos que vestía.  Por su espesa barba y su gran cabellera quemada por el Sol deduje que no sería una de esas “maricas atormentadas” que a tales horas se aventuraban a ir de pesca.  Pero corto es el camino que te lleva del infierno al cielo, y mi acompañante de la silla contigua logró hacerme creer en el paraíso nuevamente cuando pidió una ronda de whisky.  Aquella fue mi primera copa con dios; bueno, debería decir: “Dios”.  Él mismo me corrigió luego de varios intentos fallidos por reducirle su rango. Y sacó de un improvisado bolsillo en su sotana, una tarjeta color blanca. Aquella botella habría costado una pequeña fortuna, pero Dios no se conformaría con menos; pensé.  Una tarjeta plástica blanca: sin logotipo, numeración, o nombre –“una tarjeta de crédito Celestial”; me comentó mientras pagaba la cuenta.

     Y como hombre al fin, decidí en secreto buscar confirmación.  Si hacían tan solo seis meses desde mi última copa, y ya estaba alucinando; pensé: “A este macho le hago pagar por mi borrachera, por un par de putas italianas, y luego lo desenmascaro.”     Se dio un sorbo, fruñó el ceño y le pregunté: 

“¿Qué se siente ser Dios?”

     Me respondió: 

“El hombre, desde el principio de la historia, siempre ha mirado hacia arriba en busca de respuestas.  Alguien tenía que hacerse cargo.  Ahí entro yo.”

“¿A qué se refiere cuando dice: ahí entro yo?, le pregunté.

“Ustedes no podrían sobrevivir en un lugar sin orden, sin un líder.  El hombre por naturaleza necesita ser dirigido; más bien vigilado.”  Me sirvió otra copa, y pude ver ironía en sus ojos; continuó: “ya van dos copas y dos preguntas, mi querido amigo.  Le aconsejo que piense mejor antes de preguntar; solo le quedan cuatro más.”

“Ya veo que para usted tan solo somos números…”, añadí.

“Cada cual hace lo que tiene que hacer para sobrevivir, ¿no lo crees?", me confirmó.

“Entonces… solo dedujo que como el espacio vacío arriba de cada uno de nosotros se encontraba vacío,  debía usted ocuparlo, ¿no es así?" 

“Yo no deduje ni tampoco he hecho nada. Tal vez esa pregunta debió habérsela hecho a algún Cardenal, o algún Imam, o a algún Rabino. Verás; yo no los creé a ustedes, como dicen los libritos esos, yo soy solo un gran invento, la única herramienta que garantiza el control del hombre.”  Se dio otro sorbo y añadió: “Debo recordarle que le restan tres copas y tres preguntas.”

“Y si usted no existe, si solo es el resultado de la gran imaginación de algunos hombres que buscaban poder; ¿cómo es que está usted aquí?”, le pregunté.

“¿Qué te hace estar tan seguro de que en realidad estoy aquí?  ¿Y si solo fuera el producto de tu limitada imaginación atrofiada por las copas, o peor aún, por la fe?”
“Una pregunta no se contesta con otra pregunta”, le contesté.  “Usted  no tiene moral; debería desenmascarar a todos esos cretinos.”

“¿Y arriesgar así mi propia existencia? – le quedan dos preguntas…”

“Dígame usted, dios, ¿Por qué permite que nos matemos unos a los otros en su nombre?”  Se tomó un gemelo de whiskey (dos sorbos de un tiro) y respondió:

“En estas cosas divinas, en los asuntos de fe; es más importante la sobrevivencia que la influencia o la convivencia.  No conozco a nadie que esté dispuesto a regalar lo que con tanto esfuerzo ha construido.  Además, a ustedes les fascina apuntarle con el dedo a lo que sea que pueda responder las preguntas que les aterra contestar: que no hay dios, ni dioses, ni legiones de demonios; que solo son eso, hombres, el producto de billones de años de evolución, y no el resultado de algunos milagritos, o de unos pares de milenios de creación.  Que el dos por ciento de la población de mundo controla el otro noventa y ocho por ciento.  Que soy solo un mal truco, un conejo que salió de un sombrero del que se supone salieran palomas.  Una palomita blanca que una serpiente se tragó.  Y ahora, ni el simple hecho de negar la Fe, como lo has hecho tu, no los salvará de la llamas eternas de la hoguera.”

“¿Me acusa de soberbia?  ¿Acaso ésta es su única defensa?  No sea cobarde y defiéndase como un hombre, y déjese de mariconadas.  Dígame: ¿es usted real, o solo una visión?  ¿Acaso es usted un oasis en mi subconsciente, otra treta del alcohol?”

     Y una voz profunda, un eco ensordecedor que ahora se alejaba murmuró: 

¿Sabes que tenemos en común “la nada” y yo…?


     Tres días después de aquella velada abrí los ojos, y Lara estaba allí, a mi lado.  El Sol le iluminaba mi lado favorito de su rostro; e intentaba disculparse en portugués por algo que no recordaba.  Le hablé sobre mi encuentro con el misterioso Paö, y no salía de su asombro.  Le expliqué que no había tenido suerte en lograr que me contestara una última pregunta; que se había ido a la fuga en cuanto le solicité una confesión.  Y que no terminó siendo el gran hombre de palabra que se decía que era.  De un bolsillo en mi chaqueta sobre el escritorio sacó un pedazo de papel.  Su rostro se torno rígido, frio; y me preguntó:

“¿Desde cuando comenzaste a embriagarte nuevamente?"

     Admito que es mucho más fácil mentirle a Dios que a una mujer, y que las consecuencias son menos nocivas.  Luego de una dolorosa recuperación, de haber logrado lo imposible: seis meses de sobriedad;  me gocé doce copas de whiskey, y fui tan ingenuo de culpar al “hijo de Dios” y a su voluntad.  Para entonces ignoraba que para convencer a una mujer se necesita más, mucho más que un plan divino.  Fue en ese momento en el que decidí que viviría mi vida como lo que ha sido, como el efecto de millones de años de intentos y errores; como me dijera el mismísimo Paö: 

“A vivir, que el presente es la única eternidad posible.”1

Y antes de que lo olvide: “¿Saben que tiene en común Dios y la “nada”?

“Que ninguno conocerá el fin, pues ninguno conoció el comienzo.”

Palabras de dios…

“¿Qué les puedo decir?”


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1.   A vivir, que el presente es la única eternidad posible. (Cita. Autor:  Lisa Pfister)
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23.3.12

RETRATO de un HOMBRE DESCONOCIDO


Para Enzo y para Adrian; por las cosas que solo conocerán de mi a través de las palabras que dejaré para ustedes; si alguna vez aprenden a leer entre líneas. 
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     YO HE SIDO TODO LO QUE SE DICE cuando se habla de algún hombre con suerte.  Lo he tenido todo, he vivido una vida envidiable, y todo esto sin mover siquiera un pelo.  Viajé el mundo.  Sí, vi el mundo con mis propios ojos.  Y los lugares a los que la vida no me llevó, los imaginé tan bien, que nadie supuso que le les echaba un cuento cuando les contaba un cuento.  Fui estrella de rock –de terraza por supuesto– , y hace tanto tiempo que no sé de los muchachos...  <<¿Qué habrá sido de la vida de Carlos Venezuela?>>  Publiqué incontables textos de los que nunca se supo nada, y puedo admitir que he amado perdidamente y que por ello me han roto el corazón; me temo que en demasiadas ocasiones.  No porque tenga que hacerlo quisiera comenzar con la más elemental de las formalidades.  Mi nombre es Rosendo Vergara, tengo sesenta y cinco años pero mis amigos me aseguran que luciría de cincuenta si me afeitara la barba.  Y como las mentiras no tienen ni tiempo, ni género, ni sexo; finalmente me afeité y comencé  a mentirle a todos sobre mi edad.  Así que teniendo este asunto claro de antemano digamos que tengo cincuenta desde que tenía cincuenta.  Vivo solo;  en un diminuto departamento que me regaló mi hijo mayor, Adrián, cuando aceptó la oferta de dirigir un laboratorio en Helsinki. <<¿Quién diría que el mocoso este se haría científico como siempre soñó? >>  Solo bromeo.  Siempre supe que él sería mejor que yo.  Aunque la imagen que le mostré a mi hijo de mí no había sido otra cosa que el producto de una “imagen filtrada” con gran precisión –no  del todo cierta–, me aseguré de que cada palabra que recibiera de mis labios fuera tan real como mi amor por él.  Estas son las cosas que a un padre –aunque nunca lo admita– más le preocupan.  No quería que mi hijo terminara como yo: dependiendo del suyo para poder sobrevivir.  
     Adrián tiene cuarenta años.  El mismo día que me regaló el departamento me dio la triste noticia que se marchaba.  Incluso entonces le hablé como si fuera un adolecente rebelde.  Le pregunté: “¿Para donde carajos crees que vas sin consultármelo primero?”  Y se moría de la risa.   Recuerdo que aquella tarde me repitió las líneas de un film de Almodóvar que me gustaba tanto: Todo Sobre mi Madre.  Me miró fijamente con los ojos de niño que creí haber perdido y añadió: “Un hombre es mas autentico cuanto más se parece a lo que siempre soñó de sí mismo.”  Tengo que reconocerlo: su gran ingenuidad y cinismo lo heredó de su madre, así como el bíblico y sutil arte de la sugestión. 
     Mañana en la mañana saldré para Helsinki, para conocer a su prometida y a mi nieto, Andreas.  “¿Pero a quien hostias se le ocurre llamar a un niño Andreas?”  Adrián siempre tuvo debilidad por las mujeres europeas – esto, sin lugar a duda, lo heredó de mí. Nunca le funcionó nada que tuviera que ver con alguna mujer provinciana de esas de por aquí; tetonas, con cinturas de paridoras y con las cabezas huecas.  Y tampoco lo hubiera permitido.  Para mi gran suerte hace poco más de un año que no hablo con su madre, Evelyn.  Pero eso habría de cambiar.  Justamente a la media noche terminaba de guardar algunas cosas en la maleta cuando mi teléfono móvil sonó.  Ya no tengo la misma energía que tenía hace veinticinco años,  pensé mientras caminaba hacia el recibidor; con mi ya notable paso de anciano, para contestar la llamada.  Su voz había cambiado a tal extremo que se me hizo prácticamente imposible reconocerla. Evelyn había perdido aquel timbre de voz del cual una vez me enamoré, aquel hilo de voz que ponía a dormir a los mismísimos ángeles.  
“¿Tienes alguna idea de la hora que es?”, contesté. 
“¿Y desde cuando es esto importante? – Nunca has pegado un ojo por más de unas horas”, respondió.
“Evitemos las excusas.  Ya sabes lo que pienso; estas solo complacen a quien las ofrece.  Y no me venga a joder.”
“Ya se te notan los años mi querido amigo”, añadió con ironía.
“Y a usted el cambio de entrepierna, princesa…”
     Quien solo escuchara los primeros minutos de nuestras ocasionales platicas juraría que no deseábamos nada bueno el uno para el otro.  Pero Evelyn y yo nos adorábamos, a duras penas, y Adrián seguía siendo la energía que movía nuestras vidas; la cuales sabíamos que vivíamos a tiempo prestado.  El problema entre nosotros era uno muy simple: ambos padecíamos, desde siempre, de terribles alergias a la proximidad.  Charlamos un rato  (ya saben) de las tonterías que hablan los padres de un adolecente de cuarenta años,  divorciados desde siempre.  
     Una mujer que no pide nada no es mujer.  Toda mujer tiene la necesidad fisiológica, genética, de siempre andar metiendo la nariz donde no le corresponde, y de repartir  órdenes.  No escuchaba su voz desde hace un año, y ahora viajaríamos juntos al casamiento de Adrián.  “¿Los dos juntos?  ¿Uno al lado del otro? ¡Me cago en mi puta madre!”, grité.  “A buena hora esta mujer me viene a joder”.
     Me había pedido que buscara en el baúl de las fotos –el cual conservé después del divorcio– aquellas en donde apareciera ella junto a Adrián.  Ahora que lo recuerdo, si no hubiera sido por que protegí con mi propia vida éste baúl, no quedaría rastro de aquella existencia.  <<¡Pero qué mujer tan loca!  Hace cerca de diez años que no echo un vistazo dentro de este baúl.  Es que, hay tanto polvo adentro que mis pulmones ya no aguantan semejantes agravios>>.  Me quité la camisa y la amarré sobre mi rostro para protegerme de la tormenta que se avecinaba.  El espejo reflejaba a un hombre al cual muy pocos habían visto de cerca en los pasados años.  Quizás por eso –me dije– había prescindido de cualquier imagen o artefacto en las paredes del departamento que me recordaran el principio o el fin de los buenos tiempos, cuando aun aceptaba visitas y, las paredes estaban llenísimas de imagines épicas de la vida que había vivido.  Siempre algún entrometido encontraba la manera de leerme los ojos en cada una de ellas, y desde entonces no recibía a nadie.  Porque nadie venía a sermonearme, o a venderme la verdad.  La misión sería fácil. Y fallar a esta conllevaría tener que escuchar, del hocico de semejante espécimen, las toneladas de recriminaciones que viajarían a la velocidad de la luz por la duración del vuelo transatlántico que compartiríamos desde la Ciudad de México hasta Helsinki.  Un extraño sabor a anticipación arropó mi cuerpo como lluvia amazónica cuando me dispuse a abrir el baúl.  Con un sorpresivo esfuerzo y unos martillazos abrí el puto baúl.  Y por un momento pareció como si todo el aire y el tiempo dentro de mi habitación fueran absorbidos por éste –como una vieja aspiradora; así fue el sonido–.  Me senté sobre la cama tendida, de sabanas sucias, y metí la mano dentro del baúl sin abrirlo completamente, tomando un puñado de fotos…



II

     Bueno, esta foto es reciente; tomando en cuenta que desde hace quince años tengo la misma edad.  Para este viaje había tomado un bronceado artificial.  Quería sorprender a la madre de Enzo, aun después de viejo.  Nunca olvidaré la regla de oro para bronceados artificiales: no dormirse en la cabina.  Pero, ¿cuál había sido el motivo de ese viaje?  Es difícil recordar ciertos detalles cuando las imágenes solo te confirman haber sido el hazme-reír de todos.  Las cosas que nos pasan.  Me había metido a la cabina bronceadora con las medias y en calzoncillos, luego de haberme fumado un súper porro.  Afortunadamente ni las medias ni los calzoncillos sufrieron quemaduras. Y no cambiaron de color como mi piel, a color naranja.  Sí. Ahora recuerdo, esta foto la tomó María; como tantas otras y, como de costumbre me cortó la cabeza.  Estoy seguro que esta es su forma de recordarme cuanto me quiere.  En esta foto aparece Enzo, mi segundo hijo, echándome el brazo con tanta naturalidad que nadie diría que me la pasé ausente durante la mayor parte de su vida.  Hago siempre la misma mueca con los labios cuando estoy cerca de él.  Serán los nervios o que se yo y,  nos parecemos tanto que me obstina.  Enzo también viajará a Helsinki; para el casamiento de su hermano y su regular visita a su sobrino.  Irá acompañado de su pareja, Stephan.  No diré nada más sobre este asunto.  Solo me basta decir que siempre lo supe.  Afortunadamente la vida me regaló, de antemano, un Plan B.          
     En esta foto, Enzo llevaba barba.  Pero aun así lucíamos más como hermanos que como padre e hijo.  Cada vez que fui a visitarle su madre le contaba que yo era su amigo, y nada más.  Bueno, veamos la próxima foto antes de que comiencen a caerse mis plumas.
     En esta foto veo la figura de un cuerpo familiar, aunque desconocido.  Como en la foto anterior  le han cortado la cabeza; por eso deduzco que soy yo.  Pero esta foto no la tomó María.  Y estoy seguro que aun ni le conocía.  Siempre le echo un vistazo al reverso de cada foto antes de mirarla –  los mensajes que algunas personas se atreven a escribir en éstas llegan a ser más reveladores que la imagen misma.  Estoy recostado sobre una cama blanca, en una habitación grandísima.  Hay una mujer a mi lado y, por su semblante puedo ver que acabábamos de hacer el amor.  Pero eso es todo lo que puedo ver.  Si miro de cerca puedo ver la botella de vino reflejada en la ventana; que dividía nuestro mundo del resto de Italia.  
“¿Quién habría tomado esta foto?”
      Y al reverso había un mensaje escrito que leía:
Para el hombre que me regaló sus alas en forma de niño.
Venecia, Italia.  Abril 16, 2009. 
Día en que nuestros cuerpos se unieron, y crearon el milagro que es la vida…

     Esta foto fue tomada en automático – a saben–; cuando se programa la cámara por unos segundos y ésta la toma sola.  Ahora lo entiendo, lo que se dice de esta práctica.  Se dice que nunca debemos tomarnos fotos en automático, que deben ser unos ojos como los tuyos quienes preserven tu vida desde el otro lado del lente.  Y no el espacio vacío.  Que trae mala suerte, dicen.  Pero yo no creo mucho en esas tonterías. Sí; aquella noche saldríamos a cenar, a cualquier restaurante que nos acogiera luego de una larga caminata por Santa Lucia.  Ella me habrá dicho: “creí que eras un experto en navegación terrestre y cartografía…”  Y yo le habría respondido: “no veo nada malo en perderme a tu lado;  aunque sea por una noche.”  Ella sabía que siempre diría lo correcto, más bien, lo que deseaba ella escuchar.  <<Así se conquista una mujer; con mucha paciencia, y oídos de hierro>>.  
     Estaba tan sumergido en las imágenes que no alcancé a oír el teléfono.  Tenía la certeza de que solo a una persona en este mundo se le ocurriría el descaro de llamar a esas horas.  La llamé de vuelta.  Y respondió del primer timbre.
“He estado pensando, Rosendo.  Creo que no fue buena idea pedirte las fotos.  Sé que no te gusta visitar el pasado, ¿Qué te digo?  Escúchame; las fotos no son importantes en este momento.  Lo discutiremos luego.  Nos vemos en la mañana.”
     Y así, sin más; la muy puta me colgó el teléfono.  Y no sería la incertidumbre la mayor de mis desdichas, sino, el detalle de haberme tirado el jodido teléfono, con lo bien que sabe cuánto lo odio.  
     Comencé diciéndoles sobre mi vida, de lo grandiosa que ha sido.  Y créanme cuando les digo que no hubiera logrado lo que logré si hubiera permitido que la debilidad me llevara a hacerle caso a lo que dice una mujer.  Y continué con las fotos…
     Ésta es de cuando era adolecente, de cuando pensaba que el mundo era mío, y aun así me negaba a mostrar el rostro en cualquier retrato.  En esta foto en particular, como pueden ver, de todos los miembros presentes de mi familia durante la celebración de navidad, yo soy el único que está de espalda. Mi rostro, mis ojos, e incluso mis habilidades podrían cambiar, si le diera la gana a mi creador, de la noche a la mañana; y solo al costo de una que otra palabra, con el fin de hacer del cuentecito éste uno más digno de digerir. De tolerar.  Mi vida, pues, podría ser otra. Cualquiera. Mi nombre y circunstancias actuales no son otra cosa que casualidad.  A veces vivo y otras veces no.  Mi hogar son estas páginas, y mi creador un escritor fallido. ¿Acaso necesitan más explicaciones?  ¿Acaso no tienen otra forma de abatir el aburrimiento?  Veo. Aun no se han dado cuenta.  Le confesaré, a usted querido lector, algo que estoy seguro le costará mucho entender. Creer.  Esta es la historia de un hombre a la cima de su vida; que bien pudiera ser yo, pero que no lo soy.  Y el cual solo existe cada vez que leen las páginas garabateadas de su historia.  ¿Ahora  entienden?  Pero si es tan simple… Mi nombre es Rosendo Vergara.  Tengo sesenta y cinco años y solo existo en la imaginación de quien escribió este relato; y de usted, porque es quien ahora lee.  Difícil de entender, ¿no?  En cuanto terminen de leer este fragmento de mi vida, que por más mísera y minúscula, es la única que tengo. Y si tengo suerte, ocuparé algún lugar en su conciencia; digo, si tengo suerte. Mi cárcel es un cuento, una terrible historieta.  

III

     La mañana siguiente Evelyn nunca llegó al aeropuerto.  Tampoco yo viajaría a Helsinki.  Porque no había motivos para hacerlo.  No conozco a nadie con el nombre de Adrián, ni con el nombre de Andreas.  Tampoco tengo un segundo hijo llamado Enzo, o una historia impresionante que contar.  Y sí, recuerdo el vino, como recuerdo que por unos días lo compartí con la silla vacía.  En ninguna de las fotos aparece mi cabeza cortada, ni un mensaje al reverso de las mismas.  La verdad es muy simple; la verdad es que sí conservo un baúl donde guardo, como cualquier otro lo haría, los recuerdos, para protegerlos de los aires de tormenta.  El detalle está en su contenido, en lo que son las representaciones de mi vida.  Dentro del baúl que ha sido mi vida no hay fotos ni momentos, ni el recuerdo lejano de alguna vida.  Solo hay páginas en blanco, las cuales me restriegan a la cara que no existo, y que jamás existí.  Y que solo soy esto: un conjunto de palabras, el producto de la imaginación de quien escribió este relato, y de quien lo lea.  Y nada más.  
Y nada más.

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17.2.12

EL VALS de los MUERTOS



SENTADO SOBRE UN IMPROVISADO BANCO de piedra a los pies del Pórtico de la Lavandera  y rodeado por  los desflorados jardines de Parc Güell, Arturo de Gracia cerraba sus diminutos ojos cada vez que entonaba las notas más altas de su canción; acompañado de un pequeño acordeón y de un invierno veraniego y forastero.  A unos pasos de distancia, escondido detrás del único árbol que aún conservaba los rastros más frágiles de su verdor,  le observaba; como venía haciendo por los pasados dos días, sentado sobre una tierra polvorienta y estéril, buscando que la muerte me encontrara.  Y fue allí donde finalmente me encontró.  Cinco años antes, a diez mil kilómetros de distancia, creí haberme armado de valor para volarme la cabeza de un tiro; pero incluso, aunque la idea de quitarme la vida la había contemplado en numerosas ocasiones, me repetía, como quien se complace con cualquier motivo absurdo para justificar su cobardía, que no sería en Antofagasta donde respiraría mi último aire.  Días después de aquel intento  –como era de esperarse– abandoné la idea del disparo y me hice de otra con la cual juré cumplir mi deseo de morir sin tener que destrozarme el rostro.  Hasta para matarme me sobra la vanidad, pensé. Y no transcurrió mucho para que en una pequeña valija de piel desteñida (que fue lo único que conservé de Emilio) empacara a toda prisa lo que preví necesario para pasar mis últimos días de vida en la ciudad que había escogido para morir. 

     Pero no me volé la cabeza de un tiro;  al menos no por los primeros cinco años.  El revólver lo había dejado en alguna costa del norte de Chile, y para mi desdicha, en poco tiempo realicé, que para un inmigrante en Catalunya es más fácil obtener una pistola que fármacos.  Pero lo intenté. Y luego de varios intentos inútiles con los cuales solamente perseguí mantener viva la idea, me encontraba casi al límite de la resignación. Y el letargo y el whiskey me llevaron hasa allí, hasta los jardines de Gaudí; donde descubrí, dos noches atrás, que los muertos se pasean con un inusual aire de libertad; y cuando no sospechaban que les observaba, salían de sus escondites a corretear por la noche con sus ojos de luciérnagas, cantando a coro hasta al filo de la madrugada.

     Al cabo de dos días de un insomnio inducido por las píldoras y el whiskey uno de ellos finalmente se aventuró y bajó de su árbol.  Se acercó lentamente con su manita extendida; con pasos aprensivos y fríos mientras los demás miembros de la manada me hacían muecas y gestos de desaprobación por entre las ramas, con sus rostros grises e infantiles.  Se detuvo frente a mí por un instante, tan cerca que pude sentir su respiración; y ya no pude mirarle al rostro.  Finalmente accedí.  Levanté la mirada y extendí mi mano para encontrar la suya en la oscuridad; pero fue inútil, la noche se lo había tragado.  En el mismo instante en que desvaneció, un repentino silencio.  Ya no cantaban a coro los chiquitines cuando la luna huyó por el horizonte, y nos invadió, a mi pistola y a mí, una inmensa penumbra. Hace unas horas creí haber perdido la razón.  Los efectos narcóticos del insomnio y el whiskey me habían llevado a los confines de la alucinación, o al menos eso me repetí para forzarme a no creer lo que había sucedido. 

     Cuando finalmente me armé de valor y saqué la pistola de la mochila, me la puse en la cabeza.  El cielo se había tornado negro e imperceptible, y el silencio absoluto.  Y aunque el niño que se había acercado había desaparecido sin dejar rastro, aun sentía su presencia y la vibración de sus pasos sobre la tierra.  No alcanzaba siquiera ver mi mano, o la pistola, a unos centímetros de mi rostro, cuando me encomendé a Dios y halé el gatillo… Como un relámpago el disparo iluminó todo a mí alrededor, y su trueno fue ensordecedor. Y si vivo para contarlo es porque la bala fue a parar al tronco de un árbol de olivo, a unos metros de mí, cuando la figura de un niño saltó de la nada y golpeó con ambas manos la pistola, y desvaneció.  

     Hoy se cumplen cinco años de mi llegada a Barcelona y, en dos días conoceré a Arturo de Gracia,  pero eso aun no lo sé.  Hoy además celebro mis treinta y cuatro años. Salí de Antofagasta en la mañana del 21 de noviembre de 2006, una semana después del accidente.  La verdad es que no se a quien intento engañar al decir que “salí”.  Aquella mañana me marché cuando todos aun dormían y el ataúd seguía cerrado en el recibidor.  Maldita tradición de campesinos, recuerdo pensar al caminar lentamente frente a él.  Me fui sin mediar palabras ni despedidas, sin la cortesía de una nota sobre la mesa, una hora antes de que el primer rayo de Sol encontrara los tejados.  En aquella sala tímidamente iluminada por las velas dejé el cuerpo de Emilio, mi hijo.

     Hoy celebro mis treinta y cuatro años; bueno, exageraría al decir que celebro, ya que desde la pérdida de Emilio había perdido también las ganas de vivir; y me importan menos aun que mi propia vida cualquier celebración o reconocimiento que me recordara que aun respiraba. Tales pamplinas, me decía, sirven solamente a los tributos y las formalidades que otros apetecen, pero que yo, desde hace mucho renegaba y aborrecía.

     La verdad es que si no hubiera sido porque el reducido grupo de amigos que aun me soportaba, los cuales había congregado con gran esfuerzo desde mi llegada a Barcelona, me sorprendió en el bar con vítores y fanfarria, hubiese olvidado el mismísimo día de mi nacimiento.  Como de costumbre, todos los miércoles al cierre de la edición, caminaba por un largo rato y luego terminaba en El Congreso, un discreto bar de quinta el cual, para mi suerte, a aquellas horas solo se le acercaban uno o dos transeúntes, quienes al asomarse adentro daban la vuelta y se marchaban por donde habían venido sin mediar palabra.  Aquella noche, fue el viejo cantinero de siempre quien me alertó de la sorpresa. Vendrían mis compañeros del periódico cerca de las diez a sorprenderme.  Me lo hizo saber con forzada discreción mientras me servía el whiskey, en voz baja y entrecortada, y con la misma complicidad vulgar que lo hacen las viejas chismosas en sus rituales de domingo. Y tuvo la indulgencia de solicitarme  –como favor personal–  que no me fuera; lo que admito que en un principio me pareció un descaro.  Me dijo: <<Hoy es mi último día en esta pocilga.  Le he dedicado casi cincuenta años a este lugar y le he servido a usted cada miércoles por casi cinco.  Cada año es lo mismo y, realmente no entiendo de quien huye. Por favor, reciba a sus amigos y hágale un favor a este viejo. >>  Pausó por un instante y fijó la mirada hacia la entrada del local.  Continuó: <<Perdone usted la intrusión, pero, pare ya de huir; hace mucho que lo andamos buscando...>>  Seguidamente me llenó el vaso hasta el tope, colocó su mano amplia sobre mi hombro y añadió en un tono casi paternal antes de marcharse: << Este va por mí.  Feliz cumpleaños, Diego, nos estaremos viendo.>>
     
     Con un paso ligero que se asemejó más a un trote infantil que al de un anciano que había pasado los últimos cincuenta años de pie sirviendo mesas, se dirigió hasta la doble puerta detrás del bar y desde allí se volteó; y había ternura en sus ojos claros y cansados, y se despidió en silencio mutando un guiño de ojos con una picara sonrisa.  Al bajar la mirada noté que además del whiskey doble sobre la mesa, había un envoltorio que leía: ¡Buen Viaje!  Permanecí sentado e inmóvil por un breve instante, con la mirada perdida en el envoltorio y con sus palabras repitiéndose en mi cabeza.  Mire mi reloj y de un sorbo me tomé el whiskey doble mientras hacia un esfuerzo por levantarme. Y mientras me disponía alcanzar el paquete que había dejado sobre la mesa, una voz familiar me alertó: <<  Justo a tiempo...  Siéntese de una vez!  Un minuto más tarde y me la juegas como en los últimos años. >> 

      Por alguna razón que nunca intenté explicarme, siempre se me hizo fácil fingir júbilo, esconder mis más filosas intenciones y mantener amarrados todos mis demonios –que serían muchos– detrás de una sonrisa; aun en los momentos de mayor tribulación. Y cuando forcé una, en un desesperado intento por lucir sorprendido, a Nicola Garfeas, mi editora y mi mejor amiga le resultó simple –como usualmente le era– leerme de adentro hacia afuera.  << Eres un pésimo actor>>, me dijo mientras me abrazaba efusivamente y me halaba los cabellos como sabía que tanto odiaba.  << Eres tan predecible como el viejo entrometido que te acaba de alertar que vendríamos>>,  añadió.  Intenté ocultar el envoltorio pero los ojos de Nicola conocían muy bien la discreción.  Hablaba de manera apresurada de no sé qué cosa cuando se nos unió Alan, la última adquisición de la La Vanguardia, el nuevo protegido de Nicola y mi nuevo amigo gracias a las imposiciones de la costumbre.  Aunque lo que habíamos tenido, Nicola y yo, lo había destruido yo mismo meses antes, no digería la idea de verla con otro hombre.  Cuando regresé del lavabo hablaba sin parar. Y me confortaba con la idea de que aun me quería, que por tanto le era imposible calmar sus nervios.  <<  Pobre Alan >>  Hacia esfuerzos por inyectar alguna palabra entre las nuestras con su cara redonda de perro faldero.  Sintiéndose arrinconado abrió su boca: << ¿Hacia dónde viajas, Diego?  ¿Cuándo te nos vas? >>      
   
   Sentí nauseas, un inexplicable desprecio.  No por la calculada maniobra de sacar el envoltorio de mi mochila mientras me encontraba en el lavabo, sino, por la vulgaridad de fingir que le importaba; y más aun, por las pretensiosas condolencias en plural: ¿Cuándo te nos vas?    << ¡Hijo de puta!>>                                                          Recordándome que era él quien estaba con ella. Pero me tragué las palabras y fingí otra sonrisa.  Seguidamente tomé de sus manos el envoltorio, el cual aun examinaba sin ninguna discreción.  Nicola se había callado, y me miraba con gran reserva mientras colocaba nuevamente el sobre en mi mochila  agradeciéndole por la sorpresa de cumpleaños.  Rompió el silencio:

<< ¿Te marchas tan pronto?>>                                                       

<< Es que nuestro querido Alan, al parecer, nos arruinó la sorpresa>>

<< ¿Qué sorpresa, Diego?>>                                                         << ¿Entonces, te vas de viaje?>>                                                       

<< Siempre me has repetido que me tome un tiempo libre, un descanso.  Bueno, luego de cinco años, al fin, decidí tomármelo.>>                                                       

     Era claro que mentía. Y ella lo sabía de antemano; lo pude ver en sus ojos.  Quizás por eso ella, con gran ímpetu, me había mantenido ocupado en el periódico con asignaciones ridículas e imposibles, vigilándome de muy cerca, incluso luego de habernos separado.  << En cinco años nunca me tomé un solo día de descanso>>                                                      , añadí.  Pero Nicola sabía mejor que nadie que mis demonios no me habían abandonado, que me había hecho de una pistola. Sabía ella mejor que nadie que si me iba, no regresaría.  Pero esta vez no dijo nada. Y luego de un prolongado silencio las manos de Alan alcanzaron sus hombros en el mismo instante que sus labios advirtieron querer decir algo.  Pero no dijo nada.  La tomó por los hombros con gentil fuerza y la levantó de la silla, aun con la mirada perdida. Me levanté con gran urgencia, pero solo alcancé murmurar: << Gracias                                                     .>>                                                      

     Emilio murió un catorce de noviembre.  El reporte oficial asegura que fue un accidente; que mi hijo había cruzado frente al convoy inadvertidamente.  Leía además  que ni el chofer ni los ocupantes de la camioneta militar que destrozó su cuerpecito sobre el pavimento lograron verlo a tiempo para impedir la tragedia. Fue entonces cuando el mundo se me vino encima, cuando decidí volarme la cabeza de un tiro, dos días después de su muerte.  Pero también he mentido al decir que fue la vanidad y la cobardía lo que impidió que me pegara el tiro.  He sido incluso capaz de mentirme a mí mismo, en un intento por olvidar lo que realmente sucedió la tarde del accidente.  A todos les mentí; a todos menos a Nicola.  

     Aquella tarde terminaba de escribir un artículo para la columna del Domingo, la cual había titulado: El Vals de los Muertos.  En este artículo, en el cual había trabajado por cerca de un año y, el cual serviría como mi primera asignación investigativa para El Diario Austral, intentaba poner al descubierto uno de los secretos mejores guardados acerca de la construcción de Parc Güell.  En casi un siglo, sería la primera vez que alguien publicaría sobre la misteriosa desaparición de veintiún niños; los cuales habrían desaparecido en diferentes orfanatos en Catalunya, entre los años 1906 y 1908.  Sería la primera vez que alguien se aventurara a contar la verdadera historia de “Los hijos de la Lavandera”; como le llamaban a éstos en la leyenda:  Entre noviembre de 1906 y enero de 1908, veintiún huérfanos desaparecieron de varios orfanatos sin explicación y sin rastro.  Nunca se supo nada al respecto. Y fueron tantas las presiones del gobierno a las autoridades de la época, que en poco tiempo, la persecución y el desinterés crecieron, y abandonaron la investigación. El caso fue finalmente cerrado en 1914, con el inicio de la primera guerra mundial y poco antes de la inauguración del parque.  La leyenda de “Los hijos de la Lavandera” creo gran conmoción e hizo gran ruido para el 1976, cuando los restos de 21 niños, prácticamente intactos, fueron hallados sepultados en una fosa común durante renovaciones al parque.  Aunque las autoridades españolas insistieron en su desconocimiento acerca de cómo éstos habían llegado hasta allí, se esparció como polvo en el aire la noticia luego de que descubrieran que éstos vestían el mismo uniforme que vistieran los trabajadores del parque a principios de siglo.  Pero desde entonces –como siempre– lo habían olvidado.  Revisaba el manuscrito en mi habitación y mi mente estaba lejos de allí.  Si hago un esfuerzo, recuerdo vagamente cuando Emilio me preguntó si podía salir a ver el convoy y asentí, manteniendo los ojos enterrados en el borrador, sin mirarle.  Y un grito reventó en mi espalda, y corrí hacia donde se encontraba el convoy detenido. Los militares saltaban de los camiones.  Y su cuerpecito inmóvil irradiaba paz, aun en aquel mar de sangre… Aquel día sentí como lentamente se me escapaba la vida cuando el paramédico bajo la cabeza y le cerró sus ojitos.

     Por eso intenté matarme después del accidente, porque no soportaba más el gran peso de su ausencia mesclado al sentimiento de culpa. Quería volver estar a su lado, necesitaba su perdón.  Pero mentí cuando dije que fue la vanidad y la cobardía lo que impidieron que me pegara el tiro.  Dos días después del accidente apreté el gatillo. Y la figura borrosa de un niño surgió de las olas, y con su mano golpeó el revólver cuando éste explotó detrás de mi cabeza y la bala se enterró en la arena.  Lo vi correr.  Huyó a toda prisa luego de haberse parado frente a mí, con su manita sobre mi cabeza.  Pero no encontré las fuerzas para mirarle el rostro. 

Han pasado cinco años…

     Cuando Alan y Nicola se marcharon volví a revisar dentro de la mochila. Y debajo del envoltorio que había recibido minutos antes del viejo cantinero, mis manos sintieron el metal frio de la pistola. Todo estaba en orden.  Esta vez no lo prolongaría un minuto más.  Basta decir que el hijo del viejo cantinero fue el Notario que me asistió con mi terminal solicitud.  Dentro del envoltorio que leía: ¡Buen Viaje!; guardaba algunas cartas y mi testamento.  Aquella noche camine.  Y el letargo, la culpa y el whiskey me llevaron hasta los jardines de Gaudí. Saltaba uno de los muros que rodea el parque cuando escuché la música de un acordeón y las voces huecas de coro de voces infantiles. 
…el sonido de la música será suficiente para ocultar el estruendo del disparo, pensé. 

     Una vez adentro, me adentré colina arriba, hasta un breve receso de tierra que es corazón de Parc Güell. Desde allí, dedique un instante para admirar la ciudad iluminada al sur y el oscuro mar que la acariciaba. Cerca de allí, por las aperturas de una estructura de piedra se colaba la luz de luna.  El Pórtico de la Lavandera, recordé; y me cruzaron por la cabeza un centenar de imágenes.  Mientras más me acercaba, más huecas se hacían las voces; como si desvanecieran.  Y las ramas de los pocos árboles de olivo se movían con violencia en preámbulo a la repentina calma.  Unas horas más tarde, mientras empuñaba la pistola al ritmo de una última plegaria, comenzó la música.  Desistí cuando de sus improvisados escondites salieron los niños, cantando a coro hasta que el primer rayo de luz del día los sorprendiera al tocar las coronas de los olivos.  Sobre aquella tierra permanecí por dos días, contemplándolos; hasta la noche en que finalmente no salieron a cantar y me volví a armar de valor.  Cerré mis ojos con fuerza y apreté el gatillo…

   Cuando desperté, Nicola sostenía mi mano, la cual no pude mover para corresponderle por las ataduras.  Un grupo de turistas me había encontrado tirado sobre la tierra a poca distancia del Pórtico de la Lavandera, donde perdí el conocimiento luego del disparo.  Intenté contarle lo que había sucedido pero me interrumpió con gesto tierno.  Aquella fue la última vez que vi a Nicola.  Cuando finalmente salí de la clínica, luego de docenas de procesos, trámites legales y con el compromiso consular de que regresaría a suelo Chileno, decidí visitar los jardines por última vez, pero ya las voces se habían apagado, y con ellas, mi deseo de morir.  Caminaba por entre los olivos cuando me pareció volver a escucharle. Moví las ramas, intentando no ser visto, y fue allí cuando lo volví a verlo, como la primera vez, sentado sobre un improvisado banco de piedra; tocando su acordeón, con los ojitos cerrados, con su cara sucia y los cabellos crujientes. Corrí hacia él pero fue en vano, un remolino de tierra polvorienta y rojiza lo cubrió completamente, se lo había tragado. Y los últimos hilos de viento parecieron regalarme una vez más el sonido hialino de su acordeón, el cual admito me salvó la vida en más de una ocasión.

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Arturo de Gracia falleció en el mes de octubre de 1908 a los siete años.  De los restos de los 21 niños que fueron hallados en Parc Güell vistiendo uniformes de trabajadores, el suyo ha sido el único que ha podido ser identificado.  A poca distancia del Pórtico de la Lavandera, muchos son quienes aseguran escuchar la música de un acordeón.  Hoy, discretamente entre los arboles de olivo, descansa Arturo. Y para quien quiera visitarle; sobre su cuerpo encontraran una piedra con una inscripción gastada que lee: 




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