23.3.12

RETRATO de un HOMBRE DESCONOCIDO


Para Enzo y para Adrian; por las cosas que solo conocerán de mi a través de las palabras que dejaré para ustedes; si alguna vez aprenden a leer entre líneas. 
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     YO HE SIDO TODO LO QUE SE DICE cuando se habla de algún hombre con suerte.  Lo he tenido todo, he vivido una vida envidiable, y todo esto sin mover siquiera un pelo.  Viajé el mundo.  Sí, vi el mundo con mis propios ojos.  Y los lugares a los que la vida no me llevó, los imaginé tan bien, que nadie supuso que le les echaba un cuento cuando les contaba un cuento.  Fui estrella de rock –de terraza por supuesto– , y hace tanto tiempo que no sé de los muchachos...  <<¿Qué habrá sido de la vida de Carlos Venezuela?>>  Publiqué incontables textos de los que nunca se supo nada, y puedo admitir que he amado perdidamente y que por ello me han roto el corazón; me temo que en demasiadas ocasiones.  No porque tenga que hacerlo quisiera comenzar con la más elemental de las formalidades.  Mi nombre es Rosendo Vergara, tengo sesenta y cinco años pero mis amigos me aseguran que luciría de cincuenta si me afeitara la barba.  Y como las mentiras no tienen ni tiempo, ni género, ni sexo; finalmente me afeité y comencé  a mentirle a todos sobre mi edad.  Así que teniendo este asunto claro de antemano digamos que tengo cincuenta desde que tenía cincuenta.  Vivo solo;  en un diminuto departamento que me regaló mi hijo mayor, Adrián, cuando aceptó la oferta de dirigir un laboratorio en Helsinki. <<¿Quién diría que el mocoso este se haría científico como siempre soñó? >>  Solo bromeo.  Siempre supe que él sería mejor que yo.  Aunque la imagen que le mostré a mi hijo de mí no había sido otra cosa que el producto de una “imagen filtrada” con gran precisión –no  del todo cierta–, me aseguré de que cada palabra que recibiera de mis labios fuera tan real como mi amor por él.  Estas son las cosas que a un padre –aunque nunca lo admita– más le preocupan.  No quería que mi hijo terminara como yo: dependiendo del suyo para poder sobrevivir.  
     Adrián tiene cuarenta años.  El mismo día que me regaló el departamento me dio la triste noticia que se marchaba.  Incluso entonces le hablé como si fuera un adolecente rebelde.  Le pregunté: “¿Para donde carajos crees que vas sin consultármelo primero?”  Y se moría de la risa.   Recuerdo que aquella tarde me repitió las líneas de un film de Almodóvar que me gustaba tanto: Todo Sobre mi Madre.  Me miró fijamente con los ojos de niño que creí haber perdido y añadió: “Un hombre es mas autentico cuanto más se parece a lo que siempre soñó de sí mismo.”  Tengo que reconocerlo: su gran ingenuidad y cinismo lo heredó de su madre, así como el bíblico y sutil arte de la sugestión. 
     Mañana en la mañana saldré para Helsinki, para conocer a su prometida y a mi nieto, Andreas.  “¿Pero a quien hostias se le ocurre llamar a un niño Andreas?”  Adrián siempre tuvo debilidad por las mujeres europeas – esto, sin lugar a duda, lo heredó de mí. Nunca le funcionó nada que tuviera que ver con alguna mujer provinciana de esas de por aquí; tetonas, con cinturas de paridoras y con las cabezas huecas.  Y tampoco lo hubiera permitido.  Para mi gran suerte hace poco más de un año que no hablo con su madre, Evelyn.  Pero eso habría de cambiar.  Justamente a la media noche terminaba de guardar algunas cosas en la maleta cuando mi teléfono móvil sonó.  Ya no tengo la misma energía que tenía hace veinticinco años,  pensé mientras caminaba hacia el recibidor; con mi ya notable paso de anciano, para contestar la llamada.  Su voz había cambiado a tal extremo que se me hizo prácticamente imposible reconocerla. Evelyn había perdido aquel timbre de voz del cual una vez me enamoré, aquel hilo de voz que ponía a dormir a los mismísimos ángeles.  
“¿Tienes alguna idea de la hora que es?”, contesté. 
“¿Y desde cuando es esto importante? – Nunca has pegado un ojo por más de unas horas”, respondió.
“Evitemos las excusas.  Ya sabes lo que pienso; estas solo complacen a quien las ofrece.  Y no me venga a joder.”
“Ya se te notan los años mi querido amigo”, añadió con ironía.
“Y a usted el cambio de entrepierna, princesa…”
     Quien solo escuchara los primeros minutos de nuestras ocasionales platicas juraría que no deseábamos nada bueno el uno para el otro.  Pero Evelyn y yo nos adorábamos, a duras penas, y Adrián seguía siendo la energía que movía nuestras vidas; la cuales sabíamos que vivíamos a tiempo prestado.  El problema entre nosotros era uno muy simple: ambos padecíamos, desde siempre, de terribles alergias a la proximidad.  Charlamos un rato  (ya saben) de las tonterías que hablan los padres de un adolecente de cuarenta años,  divorciados desde siempre.  
     Una mujer que no pide nada no es mujer.  Toda mujer tiene la necesidad fisiológica, genética, de siempre andar metiendo la nariz donde no le corresponde, y de repartir  órdenes.  No escuchaba su voz desde hace un año, y ahora viajaríamos juntos al casamiento de Adrián.  “¿Los dos juntos?  ¿Uno al lado del otro? ¡Me cago en mi puta madre!”, grité.  “A buena hora esta mujer me viene a joder”.
     Me había pedido que buscara en el baúl de las fotos –el cual conservé después del divorcio– aquellas en donde apareciera ella junto a Adrián.  Ahora que lo recuerdo, si no hubiera sido por que protegí con mi propia vida éste baúl, no quedaría rastro de aquella existencia.  <<¡Pero qué mujer tan loca!  Hace cerca de diez años que no echo un vistazo dentro de este baúl.  Es que, hay tanto polvo adentro que mis pulmones ya no aguantan semejantes agravios>>.  Me quité la camisa y la amarré sobre mi rostro para protegerme de la tormenta que se avecinaba.  El espejo reflejaba a un hombre al cual muy pocos habían visto de cerca en los pasados años.  Quizás por eso –me dije– había prescindido de cualquier imagen o artefacto en las paredes del departamento que me recordaran el principio o el fin de los buenos tiempos, cuando aun aceptaba visitas y, las paredes estaban llenísimas de imagines épicas de la vida que había vivido.  Siempre algún entrometido encontraba la manera de leerme los ojos en cada una de ellas, y desde entonces no recibía a nadie.  Porque nadie venía a sermonearme, o a venderme la verdad.  La misión sería fácil. Y fallar a esta conllevaría tener que escuchar, del hocico de semejante espécimen, las toneladas de recriminaciones que viajarían a la velocidad de la luz por la duración del vuelo transatlántico que compartiríamos desde la Ciudad de México hasta Helsinki.  Un extraño sabor a anticipación arropó mi cuerpo como lluvia amazónica cuando me dispuse a abrir el baúl.  Con un sorpresivo esfuerzo y unos martillazos abrí el puto baúl.  Y por un momento pareció como si todo el aire y el tiempo dentro de mi habitación fueran absorbidos por éste –como una vieja aspiradora; así fue el sonido–.  Me senté sobre la cama tendida, de sabanas sucias, y metí la mano dentro del baúl sin abrirlo completamente, tomando un puñado de fotos…



II

     Bueno, esta foto es reciente; tomando en cuenta que desde hace quince años tengo la misma edad.  Para este viaje había tomado un bronceado artificial.  Quería sorprender a la madre de Enzo, aun después de viejo.  Nunca olvidaré la regla de oro para bronceados artificiales: no dormirse en la cabina.  Pero, ¿cuál había sido el motivo de ese viaje?  Es difícil recordar ciertos detalles cuando las imágenes solo te confirman haber sido el hazme-reír de todos.  Las cosas que nos pasan.  Me había metido a la cabina bronceadora con las medias y en calzoncillos, luego de haberme fumado un súper porro.  Afortunadamente ni las medias ni los calzoncillos sufrieron quemaduras. Y no cambiaron de color como mi piel, a color naranja.  Sí. Ahora recuerdo, esta foto la tomó María; como tantas otras y, como de costumbre me cortó la cabeza.  Estoy seguro que esta es su forma de recordarme cuanto me quiere.  En esta foto aparece Enzo, mi segundo hijo, echándome el brazo con tanta naturalidad que nadie diría que me la pasé ausente durante la mayor parte de su vida.  Hago siempre la misma mueca con los labios cuando estoy cerca de él.  Serán los nervios o que se yo y,  nos parecemos tanto que me obstina.  Enzo también viajará a Helsinki; para el casamiento de su hermano y su regular visita a su sobrino.  Irá acompañado de su pareja, Stephan.  No diré nada más sobre este asunto.  Solo me basta decir que siempre lo supe.  Afortunadamente la vida me regaló, de antemano, un Plan B.          
     En esta foto, Enzo llevaba barba.  Pero aun así lucíamos más como hermanos que como padre e hijo.  Cada vez que fui a visitarle su madre le contaba que yo era su amigo, y nada más.  Bueno, veamos la próxima foto antes de que comiencen a caerse mis plumas.
     En esta foto veo la figura de un cuerpo familiar, aunque desconocido.  Como en la foto anterior  le han cortado la cabeza; por eso deduzco que soy yo.  Pero esta foto no la tomó María.  Y estoy seguro que aun ni le conocía.  Siempre le echo un vistazo al reverso de cada foto antes de mirarla –  los mensajes que algunas personas se atreven a escribir en éstas llegan a ser más reveladores que la imagen misma.  Estoy recostado sobre una cama blanca, en una habitación grandísima.  Hay una mujer a mi lado y, por su semblante puedo ver que acabábamos de hacer el amor.  Pero eso es todo lo que puedo ver.  Si miro de cerca puedo ver la botella de vino reflejada en la ventana; que dividía nuestro mundo del resto de Italia.  
“¿Quién habría tomado esta foto?”
      Y al reverso había un mensaje escrito que leía:
Para el hombre que me regaló sus alas en forma de niño.
Venecia, Italia.  Abril 16, 2009. 
Día en que nuestros cuerpos se unieron, y crearon el milagro que es la vida…

     Esta foto fue tomada en automático – a saben–; cuando se programa la cámara por unos segundos y ésta la toma sola.  Ahora lo entiendo, lo que se dice de esta práctica.  Se dice que nunca debemos tomarnos fotos en automático, que deben ser unos ojos como los tuyos quienes preserven tu vida desde el otro lado del lente.  Y no el espacio vacío.  Que trae mala suerte, dicen.  Pero yo no creo mucho en esas tonterías. Sí; aquella noche saldríamos a cenar, a cualquier restaurante que nos acogiera luego de una larga caminata por Santa Lucia.  Ella me habrá dicho: “creí que eras un experto en navegación terrestre y cartografía…”  Y yo le habría respondido: “no veo nada malo en perderme a tu lado;  aunque sea por una noche.”  Ella sabía que siempre diría lo correcto, más bien, lo que deseaba ella escuchar.  <<Así se conquista una mujer; con mucha paciencia, y oídos de hierro>>.  
     Estaba tan sumergido en las imágenes que no alcancé a oír el teléfono.  Tenía la certeza de que solo a una persona en este mundo se le ocurriría el descaro de llamar a esas horas.  La llamé de vuelta.  Y respondió del primer timbre.
“He estado pensando, Rosendo.  Creo que no fue buena idea pedirte las fotos.  Sé que no te gusta visitar el pasado, ¿Qué te digo?  Escúchame; las fotos no son importantes en este momento.  Lo discutiremos luego.  Nos vemos en la mañana.”
     Y así, sin más; la muy puta me colgó el teléfono.  Y no sería la incertidumbre la mayor de mis desdichas, sino, el detalle de haberme tirado el jodido teléfono, con lo bien que sabe cuánto lo odio.  
     Comencé diciéndoles sobre mi vida, de lo grandiosa que ha sido.  Y créanme cuando les digo que no hubiera logrado lo que logré si hubiera permitido que la debilidad me llevara a hacerle caso a lo que dice una mujer.  Y continué con las fotos…
     Ésta es de cuando era adolecente, de cuando pensaba que el mundo era mío, y aun así me negaba a mostrar el rostro en cualquier retrato.  En esta foto en particular, como pueden ver, de todos los miembros presentes de mi familia durante la celebración de navidad, yo soy el único que está de espalda. Mi rostro, mis ojos, e incluso mis habilidades podrían cambiar, si le diera la gana a mi creador, de la noche a la mañana; y solo al costo de una que otra palabra, con el fin de hacer del cuentecito éste uno más digno de digerir. De tolerar.  Mi vida, pues, podría ser otra. Cualquiera. Mi nombre y circunstancias actuales no son otra cosa que casualidad.  A veces vivo y otras veces no.  Mi hogar son estas páginas, y mi creador un escritor fallido. ¿Acaso necesitan más explicaciones?  ¿Acaso no tienen otra forma de abatir el aburrimiento?  Veo. Aun no se han dado cuenta.  Le confesaré, a usted querido lector, algo que estoy seguro le costará mucho entender. Creer.  Esta es la historia de un hombre a la cima de su vida; que bien pudiera ser yo, pero que no lo soy.  Y el cual solo existe cada vez que leen las páginas garabateadas de su historia.  ¿Ahora  entienden?  Pero si es tan simple… Mi nombre es Rosendo Vergara.  Tengo sesenta y cinco años y solo existo en la imaginación de quien escribió este relato; y de usted, porque es quien ahora lee.  Difícil de entender, ¿no?  En cuanto terminen de leer este fragmento de mi vida, que por más mísera y minúscula, es la única que tengo. Y si tengo suerte, ocuparé algún lugar en su conciencia; digo, si tengo suerte. Mi cárcel es un cuento, una terrible historieta.  

III

     La mañana siguiente Evelyn nunca llegó al aeropuerto.  Tampoco yo viajaría a Helsinki.  Porque no había motivos para hacerlo.  No conozco a nadie con el nombre de Adrián, ni con el nombre de Andreas.  Tampoco tengo un segundo hijo llamado Enzo, o una historia impresionante que contar.  Y sí, recuerdo el vino, como recuerdo que por unos días lo compartí con la silla vacía.  En ninguna de las fotos aparece mi cabeza cortada, ni un mensaje al reverso de las mismas.  La verdad es muy simple; la verdad es que sí conservo un baúl donde guardo, como cualquier otro lo haría, los recuerdos, para protegerlos de los aires de tormenta.  El detalle está en su contenido, en lo que son las representaciones de mi vida.  Dentro del baúl que ha sido mi vida no hay fotos ni momentos, ni el recuerdo lejano de alguna vida.  Solo hay páginas en blanco, las cuales me restriegan a la cara que no existo, y que jamás existí.  Y que solo soy esto: un conjunto de palabras, el producto de la imaginación de quien escribió este relato, y de quien lo lea.  Y nada más.  
Y nada más.

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17.2.12

EL VALS de los MUERTOS



SENTADO SOBRE UN IMPROVISADO BANCO de piedra a los pies del Pórtico de la Lavandera  y rodeado por  los desflorados jardines de Parc Güell, Arturo de Gracia cerraba sus diminutos ojos cada vez que entonaba las notas más altas de su canción; acompañado de un pequeño acordeón y de un invierno veraniego y forastero.  A unos pasos de distancia, escondido detrás del único árbol que aún conservaba los rastros más frágiles de su verdor,  le observaba; como venía haciendo por los pasados dos días, sentado sobre una tierra polvorienta y estéril, buscando que la muerte me encontrara.  Y fue allí donde finalmente me encontró.  Cinco años antes, a diez mil kilómetros de distancia, creí haberme armado de valor para volarme la cabeza de un tiro; pero incluso, aunque la idea de quitarme la vida la había contemplado en numerosas ocasiones, me repetía, como quien se complace con cualquier motivo absurdo para justificar su cobardía, que no sería en Antofagasta donde respiraría mi último aire.  Días después de aquel intento  –como era de esperarse– abandoné la idea del disparo y me hice de otra con la cual juré cumplir mi deseo de morir sin tener que destrozarme el rostro.  Hasta para matarme me sobra la vanidad, pensé. Y no transcurrió mucho para que en una pequeña valija de piel desteñida (que fue lo único que conservé de Emilio) empacara a toda prisa lo que preví necesario para pasar mis últimos días de vida en la ciudad que había escogido para morir. 

     Pero no me volé la cabeza de un tiro;  al menos no por los primeros cinco años.  El revólver lo había dejado en alguna costa del norte de Chile, y para mi desdicha, en poco tiempo realicé, que para un inmigrante en Catalunya es más fácil obtener una pistola que fármacos.  Pero lo intenté. Y luego de varios intentos inútiles con los cuales solamente perseguí mantener viva la idea, me encontraba casi al límite de la resignación. Y el letargo y el whiskey me llevaron hasa allí, hasta los jardines de Gaudí; donde descubrí, dos noches atrás, que los muertos se pasean con un inusual aire de libertad; y cuando no sospechaban que les observaba, salían de sus escondites a corretear por la noche con sus ojos de luciérnagas, cantando a coro hasta al filo de la madrugada.

     Al cabo de dos días de un insomnio inducido por las píldoras y el whiskey uno de ellos finalmente se aventuró y bajó de su árbol.  Se acercó lentamente con su manita extendida; con pasos aprensivos y fríos mientras los demás miembros de la manada me hacían muecas y gestos de desaprobación por entre las ramas, con sus rostros grises e infantiles.  Se detuvo frente a mí por un instante, tan cerca que pude sentir su respiración; y ya no pude mirarle al rostro.  Finalmente accedí.  Levanté la mirada y extendí mi mano para encontrar la suya en la oscuridad; pero fue inútil, la noche se lo había tragado.  En el mismo instante en que desvaneció, un repentino silencio.  Ya no cantaban a coro los chiquitines cuando la luna huyó por el horizonte, y nos invadió, a mi pistola y a mí, una inmensa penumbra. Hace unas horas creí haber perdido la razón.  Los efectos narcóticos del insomnio y el whiskey me habían llevado a los confines de la alucinación, o al menos eso me repetí para forzarme a no creer lo que había sucedido. 

     Cuando finalmente me armé de valor y saqué la pistola de la mochila, me la puse en la cabeza.  El cielo se había tornado negro e imperceptible, y el silencio absoluto.  Y aunque el niño que se había acercado había desaparecido sin dejar rastro, aun sentía su presencia y la vibración de sus pasos sobre la tierra.  No alcanzaba siquiera ver mi mano, o la pistola, a unos centímetros de mi rostro, cuando me encomendé a Dios y halé el gatillo… Como un relámpago el disparo iluminó todo a mí alrededor, y su trueno fue ensordecedor. Y si vivo para contarlo es porque la bala fue a parar al tronco de un árbol de olivo, a unos metros de mí, cuando la figura de un niño saltó de la nada y golpeó con ambas manos la pistola, y desvaneció.  

     Hoy se cumplen cinco años de mi llegada a Barcelona y, en dos días conoceré a Arturo de Gracia,  pero eso aun no lo sé.  Hoy además celebro mis treinta y cuatro años. Salí de Antofagasta en la mañana del 21 de noviembre de 2006, una semana después del accidente.  La verdad es que no se a quien intento engañar al decir que “salí”.  Aquella mañana me marché cuando todos aun dormían y el ataúd seguía cerrado en el recibidor.  Maldita tradición de campesinos, recuerdo pensar al caminar lentamente frente a él.  Me fui sin mediar palabras ni despedidas, sin la cortesía de una nota sobre la mesa, una hora antes de que el primer rayo de Sol encontrara los tejados.  En aquella sala tímidamente iluminada por las velas dejé el cuerpo de Emilio, mi hijo.

     Hoy celebro mis treinta y cuatro años; bueno, exageraría al decir que celebro, ya que desde la pérdida de Emilio había perdido también las ganas de vivir; y me importan menos aun que mi propia vida cualquier celebración o reconocimiento que me recordara que aun respiraba. Tales pamplinas, me decía, sirven solamente a los tributos y las formalidades que otros apetecen, pero que yo, desde hace mucho renegaba y aborrecía.

     La verdad es que si no hubiera sido porque el reducido grupo de amigos que aun me soportaba, los cuales había congregado con gran esfuerzo desde mi llegada a Barcelona, me sorprendió en el bar con vítores y fanfarria, hubiese olvidado el mismísimo día de mi nacimiento.  Como de costumbre, todos los miércoles al cierre de la edición, caminaba por un largo rato y luego terminaba en El Congreso, un discreto bar de quinta el cual, para mi suerte, a aquellas horas solo se le acercaban uno o dos transeúntes, quienes al asomarse adentro daban la vuelta y se marchaban por donde habían venido sin mediar palabra.  Aquella noche, fue el viejo cantinero de siempre quien me alertó de la sorpresa. Vendrían mis compañeros del periódico cerca de las diez a sorprenderme.  Me lo hizo saber con forzada discreción mientras me servía el whiskey, en voz baja y entrecortada, y con la misma complicidad vulgar que lo hacen las viejas chismosas en sus rituales de domingo. Y tuvo la indulgencia de solicitarme  –como favor personal–  que no me fuera; lo que admito que en un principio me pareció un descaro.  Me dijo: <<Hoy es mi último día en esta pocilga.  Le he dedicado casi cincuenta años a este lugar y le he servido a usted cada miércoles por casi cinco.  Cada año es lo mismo y, realmente no entiendo de quien huye. Por favor, reciba a sus amigos y hágale un favor a este viejo. >>  Pausó por un instante y fijó la mirada hacia la entrada del local.  Continuó: <<Perdone usted la intrusión, pero, pare ya de huir; hace mucho que lo andamos buscando...>>  Seguidamente me llenó el vaso hasta el tope, colocó su mano amplia sobre mi hombro y añadió en un tono casi paternal antes de marcharse: << Este va por mí.  Feliz cumpleaños, Diego, nos estaremos viendo.>>
     
     Con un paso ligero que se asemejó más a un trote infantil que al de un anciano que había pasado los últimos cincuenta años de pie sirviendo mesas, se dirigió hasta la doble puerta detrás del bar y desde allí se volteó; y había ternura en sus ojos claros y cansados, y se despidió en silencio mutando un guiño de ojos con una picara sonrisa.  Al bajar la mirada noté que además del whiskey doble sobre la mesa, había un envoltorio que leía: ¡Buen Viaje!  Permanecí sentado e inmóvil por un breve instante, con la mirada perdida en el envoltorio y con sus palabras repitiéndose en mi cabeza.  Mire mi reloj y de un sorbo me tomé el whiskey doble mientras hacia un esfuerzo por levantarme. Y mientras me disponía alcanzar el paquete que había dejado sobre la mesa, una voz familiar me alertó: <<  Justo a tiempo...  Siéntese de una vez!  Un minuto más tarde y me la juegas como en los últimos años. >> 

      Por alguna razón que nunca intenté explicarme, siempre se me hizo fácil fingir júbilo, esconder mis más filosas intenciones y mantener amarrados todos mis demonios –que serían muchos– detrás de una sonrisa; aun en los momentos de mayor tribulación. Y cuando forcé una, en un desesperado intento por lucir sorprendido, a Nicola Garfeas, mi editora y mi mejor amiga le resultó simple –como usualmente le era– leerme de adentro hacia afuera.  << Eres un pésimo actor>>, me dijo mientras me abrazaba efusivamente y me halaba los cabellos como sabía que tanto odiaba.  << Eres tan predecible como el viejo entrometido que te acaba de alertar que vendríamos>>,  añadió.  Intenté ocultar el envoltorio pero los ojos de Nicola conocían muy bien la discreción.  Hablaba de manera apresurada de no sé qué cosa cuando se nos unió Alan, la última adquisición de la La Vanguardia, el nuevo protegido de Nicola y mi nuevo amigo gracias a las imposiciones de la costumbre.  Aunque lo que habíamos tenido, Nicola y yo, lo había destruido yo mismo meses antes, no digería la idea de verla con otro hombre.  Cuando regresé del lavabo hablaba sin parar. Y me confortaba con la idea de que aun me quería, que por tanto le era imposible calmar sus nervios.  <<  Pobre Alan >>  Hacia esfuerzos por inyectar alguna palabra entre las nuestras con su cara redonda de perro faldero.  Sintiéndose arrinconado abrió su boca: << ¿Hacia dónde viajas, Diego?  ¿Cuándo te nos vas? >>      
   
   Sentí nauseas, un inexplicable desprecio.  No por la calculada maniobra de sacar el envoltorio de mi mochila mientras me encontraba en el lavabo, sino, por la vulgaridad de fingir que le importaba; y más aun, por las pretensiosas condolencias en plural: ¿Cuándo te nos vas?    << ¡Hijo de puta!>>                                                          Recordándome que era él quien estaba con ella. Pero me tragué las palabras y fingí otra sonrisa.  Seguidamente tomé de sus manos el envoltorio, el cual aun examinaba sin ninguna discreción.  Nicola se había callado, y me miraba con gran reserva mientras colocaba nuevamente el sobre en mi mochila  agradeciéndole por la sorpresa de cumpleaños.  Rompió el silencio:

<< ¿Te marchas tan pronto?>>                                                       

<< Es que nuestro querido Alan, al parecer, nos arruinó la sorpresa>>

<< ¿Qué sorpresa, Diego?>>                                                         << ¿Entonces, te vas de viaje?>>                                                       

<< Siempre me has repetido que me tome un tiempo libre, un descanso.  Bueno, luego de cinco años, al fin, decidí tomármelo.>>                                                       

     Era claro que mentía. Y ella lo sabía de antemano; lo pude ver en sus ojos.  Quizás por eso ella, con gran ímpetu, me había mantenido ocupado en el periódico con asignaciones ridículas e imposibles, vigilándome de muy cerca, incluso luego de habernos separado.  << En cinco años nunca me tomé un solo día de descanso>>                                                      , añadí.  Pero Nicola sabía mejor que nadie que mis demonios no me habían abandonado, que me había hecho de una pistola. Sabía ella mejor que nadie que si me iba, no regresaría.  Pero esta vez no dijo nada. Y luego de un prolongado silencio las manos de Alan alcanzaron sus hombros en el mismo instante que sus labios advirtieron querer decir algo.  Pero no dijo nada.  La tomó por los hombros con gentil fuerza y la levantó de la silla, aun con la mirada perdida. Me levanté con gran urgencia, pero solo alcancé murmurar: << Gracias                                                     .>>                                                      

     Emilio murió un catorce de noviembre.  El reporte oficial asegura que fue un accidente; que mi hijo había cruzado frente al convoy inadvertidamente.  Leía además  que ni el chofer ni los ocupantes de la camioneta militar que destrozó su cuerpecito sobre el pavimento lograron verlo a tiempo para impedir la tragedia. Fue entonces cuando el mundo se me vino encima, cuando decidí volarme la cabeza de un tiro, dos días después de su muerte.  Pero también he mentido al decir que fue la vanidad y la cobardía lo que impidió que me pegara el tiro.  He sido incluso capaz de mentirme a mí mismo, en un intento por olvidar lo que realmente sucedió la tarde del accidente.  A todos les mentí; a todos menos a Nicola.  

     Aquella tarde terminaba de escribir un artículo para la columna del Domingo, la cual había titulado: El Vals de los Muertos.  En este artículo, en el cual había trabajado por cerca de un año y, el cual serviría como mi primera asignación investigativa para El Diario Austral, intentaba poner al descubierto uno de los secretos mejores guardados acerca de la construcción de Parc Güell.  En casi un siglo, sería la primera vez que alguien publicaría sobre la misteriosa desaparición de veintiún niños; los cuales habrían desaparecido en diferentes orfanatos en Catalunya, entre los años 1906 y 1908.  Sería la primera vez que alguien se aventurara a contar la verdadera historia de “Los hijos de la Lavandera”; como le llamaban a éstos en la leyenda:  Entre noviembre de 1906 y enero de 1908, veintiún huérfanos desaparecieron de varios orfanatos sin explicación y sin rastro.  Nunca se supo nada al respecto. Y fueron tantas las presiones del gobierno a las autoridades de la época, que en poco tiempo, la persecución y el desinterés crecieron, y abandonaron la investigación. El caso fue finalmente cerrado en 1914, con el inicio de la primera guerra mundial y poco antes de la inauguración del parque.  La leyenda de “Los hijos de la Lavandera” creo gran conmoción e hizo gran ruido para el 1976, cuando los restos de 21 niños, prácticamente intactos, fueron hallados sepultados en una fosa común durante renovaciones al parque.  Aunque las autoridades españolas insistieron en su desconocimiento acerca de cómo éstos habían llegado hasta allí, se esparció como polvo en el aire la noticia luego de que descubrieran que éstos vestían el mismo uniforme que vistieran los trabajadores del parque a principios de siglo.  Pero desde entonces –como siempre– lo habían olvidado.  Revisaba el manuscrito en mi habitación y mi mente estaba lejos de allí.  Si hago un esfuerzo, recuerdo vagamente cuando Emilio me preguntó si podía salir a ver el convoy y asentí, manteniendo los ojos enterrados en el borrador, sin mirarle.  Y un grito reventó en mi espalda, y corrí hacia donde se encontraba el convoy detenido. Los militares saltaban de los camiones.  Y su cuerpecito inmóvil irradiaba paz, aun en aquel mar de sangre… Aquel día sentí como lentamente se me escapaba la vida cuando el paramédico bajo la cabeza y le cerró sus ojitos.

     Por eso intenté matarme después del accidente, porque no soportaba más el gran peso de su ausencia mesclado al sentimiento de culpa. Quería volver estar a su lado, necesitaba su perdón.  Pero mentí cuando dije que fue la vanidad y la cobardía lo que impidieron que me pegara el tiro.  Dos días después del accidente apreté el gatillo. Y la figura borrosa de un niño surgió de las olas, y con su mano golpeó el revólver cuando éste explotó detrás de mi cabeza y la bala se enterró en la arena.  Lo vi correr.  Huyó a toda prisa luego de haberse parado frente a mí, con su manita sobre mi cabeza.  Pero no encontré las fuerzas para mirarle el rostro. 

Han pasado cinco años…

     Cuando Alan y Nicola se marcharon volví a revisar dentro de la mochila. Y debajo del envoltorio que había recibido minutos antes del viejo cantinero, mis manos sintieron el metal frio de la pistola. Todo estaba en orden.  Esta vez no lo prolongaría un minuto más.  Basta decir que el hijo del viejo cantinero fue el Notario que me asistió con mi terminal solicitud.  Dentro del envoltorio que leía: ¡Buen Viaje!; guardaba algunas cartas y mi testamento.  Aquella noche camine.  Y el letargo, la culpa y el whiskey me llevaron hasta los jardines de Gaudí. Saltaba uno de los muros que rodea el parque cuando escuché la música de un acordeón y las voces huecas de coro de voces infantiles. 
…el sonido de la música será suficiente para ocultar el estruendo del disparo, pensé. 

     Una vez adentro, me adentré colina arriba, hasta un breve receso de tierra que es corazón de Parc Güell. Desde allí, dedique un instante para admirar la ciudad iluminada al sur y el oscuro mar que la acariciaba. Cerca de allí, por las aperturas de una estructura de piedra se colaba la luz de luna.  El Pórtico de la Lavandera, recordé; y me cruzaron por la cabeza un centenar de imágenes.  Mientras más me acercaba, más huecas se hacían las voces; como si desvanecieran.  Y las ramas de los pocos árboles de olivo se movían con violencia en preámbulo a la repentina calma.  Unas horas más tarde, mientras empuñaba la pistola al ritmo de una última plegaria, comenzó la música.  Desistí cuando de sus improvisados escondites salieron los niños, cantando a coro hasta que el primer rayo de luz del día los sorprendiera al tocar las coronas de los olivos.  Sobre aquella tierra permanecí por dos días, contemplándolos; hasta la noche en que finalmente no salieron a cantar y me volví a armar de valor.  Cerré mis ojos con fuerza y apreté el gatillo…

   Cuando desperté, Nicola sostenía mi mano, la cual no pude mover para corresponderle por las ataduras.  Un grupo de turistas me había encontrado tirado sobre la tierra a poca distancia del Pórtico de la Lavandera, donde perdí el conocimiento luego del disparo.  Intenté contarle lo que había sucedido pero me interrumpió con gesto tierno.  Aquella fue la última vez que vi a Nicola.  Cuando finalmente salí de la clínica, luego de docenas de procesos, trámites legales y con el compromiso consular de que regresaría a suelo Chileno, decidí visitar los jardines por última vez, pero ya las voces se habían apagado, y con ellas, mi deseo de morir.  Caminaba por entre los olivos cuando me pareció volver a escucharle. Moví las ramas, intentando no ser visto, y fue allí cuando lo volví a verlo, como la primera vez, sentado sobre un improvisado banco de piedra; tocando su acordeón, con los ojitos cerrados, con su cara sucia y los cabellos crujientes. Corrí hacia él pero fue en vano, un remolino de tierra polvorienta y rojiza lo cubrió completamente, se lo había tragado. Y los últimos hilos de viento parecieron regalarme una vez más el sonido hialino de su acordeón, el cual admito me salvó la vida en más de una ocasión.

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Arturo de Gracia falleció en el mes de octubre de 1908 a los siete años.  De los restos de los 21 niños que fueron hallados en Parc Güell vistiendo uniformes de trabajadores, el suyo ha sido el único que ha podido ser identificado.  A poca distancia del Pórtico de la Lavandera, muchos son quienes aseguran escuchar la música de un acordeón.  Hoy, discretamente entre los arboles de olivo, descansa Arturo. Y para quien quiera visitarle; sobre su cuerpo encontraran una piedra con una inscripción gastada que lee: 




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3.1.12

La Séptima Cuerda



A papá: quien escondió su rostro y me enseñó a correr…


     Comencé a redactar esta carta en el mes de Abril del 91’.  No recuerdo exactamente el día, pero si tengo muy presente aquella tarde, sería un jueves.  Comencé a escribirla entre lágrimas, escondido bajo las sabanas recién lavadas y apiladas sobre la cama, a la pobre luz de la linterna del abuelo y, cuando creí terminarla, no pude contener la risa; la cual admito fue interrumpida en repetidas ocasiones por el llanto.  Por eso se que era jueves, por las sabanas limpias, ya que durante aquellos últimos días de verano ya había perdido toda noción del tiempo, o eso creí hasta que tuviste la audacia de aparecerte, reclamando querer verme. Y olvidaste el cuchillo que el abuelo siempre llevaba escondido en su bolsillo -el cual tuvo por años-, el mismo con el que mamá me contó que te persiguió cuando la cortejabas.  Y te agarró el abuelo, intentando saltar la cerca, con tus lentes oscuros, con tus pantalones platinados, y a poco te corta un segundo culo mientras corrías por tu vida, gritando mi nombre.  

     Esta es la octava vez que escribo esta carta y cada vez que la escribo se me hace más larga y más triste.  La primera vez que la escribí la vieja la encontró al día siguiente dentro del zapato donde la había escondido.  Afortunadamente el abuelo intervino cuando ella, rojísima y enfurecida, intentaba hacérmela comer.  En cada una de ellas siempre te pedí que no volvieras, que no quería volver a verte; luego me retractaba, y te pedía mil perdones, y tediosamente te afirmaba que la razón por la cual no quería que volvieras era porque no quería que el abuelo, el cual hasta incluso comenzó a entrenar para correr más rápido, te alcanzara un día y te clavara el cuchillo.  Si no hubiera escuchado a la “Tuti” -como le decían a mi hermana-, cuando me dijo que escondiera las cartas en su habitación -que así nadie sospecharía-  la vieja no se hubiese apoderado de las siguientes cinco.  Un tiempo después escuché, de la boca del abuelo, días antes de su muerte, que mamá nunca supo de la existencia de las cartas que le confié a la “Tuti”, sino que había sido ella misma quien se las entregó a cambio de privilegios: algún pedazo de tarta o unas cuantas monedas.  “Tuti” la gorda! La muy hija de puta.  “Si el infierno tuviera un capataz, tu hermana estaría sobre-cualificada para ocupar tal posición”, repetía el abuelo con su particular serenidad y elocuencia, cualidades inusuales para un hombre que cargaba cuchillo.  

     Entonces un día ya no regresaste, y no volví a escribirte, hasta hoy.  Hoy te escribo y no tengo miedo de que la vieja la encuentre.  Dudo mucho que intente hacérmela comer si la encontrara y dudo más aún que siquiera le importe.  Quizás me mire fijamente con sus ojos verdes y llenos de incertidumbre y se cuestione mi cordura.  

     Se me hace imposible contener el llanto al saber que esta carta no la podrás leer.  Afortunadamente luego de seis intentos fallidos la séptima logró encontrarte,  aun cuando nunca te detuviste después de la última vez que te diste a la fuga.  “Las palabras viajan más rápido que la voluntad misma”; fueron éstas las últimas del abuelo.   La enfermera que te leyó mi carta me contó que aquella fue la primera vez que te vio sonreír, y que tocaste tu pecho cuando escuchaste:   Te quiero, no te conozco, no te olvidaré…

     Cuando recibí tu carta, como era de esperarse, corriste - se te había hecho tarde.  Recuerdo pensar: Aun con alas corre…

     Tal vez el abuelo siempre supo que la única manera de detenerte y de lograr que me miraras era clavándote un cuchillo en la espalda y, si hubiese imaginado que lo que no tuvimos terminaría así, habría preferido que el filo te alcanzara; quizás así al menos te habría tenido por un instante.  Cuando finalmente te tuve cerca, tu cuerpo había sido reducido al polvo.  Y corriste, una vez más, esta vez con en el viento de frente.  Me ha tomado casi la mitad de mi vida reconocer cuanto te echo de menos, pero, aunque lo llevamos por dentro, en la sangre misma, mis pasos solo corren en la dirección correcta.  No te culpo, no te guardo rencor.  Algún día nos veremos, si lo que nos cuentan no han sido más que cuentos.   Y sobre la línea el disparo, y correremos, y te esperaré en la meta. 


     Comencé a redactar esta carta hace una hora en alguna estación de esas que tanto frecuento cuando voy de paso, como usted, siempre de paso.  Y sé que la única forma de lograr que ésta te encuentre, donde quiera que te encuentres, es lanzándola al viento.   Y mientras las llamas consumen lo que queda de tu carta, le doy la espalda al viento en un último intento, y corro, vuelo, en una caja metálica con alas, y me lanzo por primera vez en dirección contraria, y te busco entre las cenizas, y sentado en una nube me parece verte fumando un cigarro, con tus lentes oscuros, y te atrapo, y una vez más te me escapas, entre los dedos y en lo que queda de mis manos cansadas de tanto buscarte.



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8.12.11

The Sand That Falls...




I have never killed a man, but I have read
many obituaries with great pleasure... 
[C. Darrow]


I WISH I KNEW HOW TO TIE MY SHOES, run faster than I do, and hold my breath for longer.  Perhaps I have wasted too much time looking at it and, now I just wonder:  Why time goes faster when you don’t look at it?  Oh…  Would you look at me now?  I’m mumbling and giving out excuses that only suit my fears.  
Back to the subject: 
You are real.  You are not a dream. You exist; but perhaps, now that I have you (at last) in front of me, I realize:  I must be dreaming.  How quiet this rooftop.  Isn’t it?  How abominable is the approaching night; it will cover you, in darkness.  And you’ll be gone forever.  How tormenting the sunrise will be. How monstrous my realization.   Listen to the choir…  How silly they look with their little Austrian costumes! Where are you?
YOUR blinking eyes do not belong to this moment; they shift.  I don’t remember our first time; but do you?  We started so long ago; didn’t we?  And yet, the menace of time and space (if there is such thing) turned us into this.  I guess that whatever it is brought us here turned the favor upon you; you got lucky.  Don’t you think?  Well, just look at me and look at yourself!  Look at me looking at you, admiring you, from this quiet rooftop.  What am I to you?  Is it true that we were once the same?
We are fourteen billion years old; can you imagine!  Fourteen “big ones” and counting!  I should have wrinkles by now, but I don’t.  I’m only eight years old; or so our primitive number system tells me. I have been looking at you for quite a long time, and your reddish face blinks faster by the day; we are definitely getting old.  Your blood is getting hotter while mine is getting colder.  I have a charming face (or so they say) and you have a burning surface.  We are brothers, sisters, sons of a primeval atom…  Is it true that we were once the same? 
Down here we believe in spirits, in an after-life; after this one.       We are so naive and so defiant that we have managed -as beings of chance- to believe that we know the order of all things.  In here, I even have a name:  Human.  Would you like to know yours? 
<<I knew you wouldn’t…>>
We have chosen, for the sake of order and for the lack of reason, or maybe because of our inherited, useless and disproportional value of fear; a man, a figure, an idea as our master, as our guide.  God! Can you believe it?   It turned out that we have also used “that god”, that “figure” as an excuse to multiply and to spread a confused and shallow message of separation and hatred that had traveled faster than the speed of light.  Religion, as we know it, has killed more men, women and children that all wars and sickness combined. We now have as many gods and beliefs as we have pores in our skin and grains of sand in the sea.  It is funny!  The one thing that was initially supposed to bring us together has turned us against each other; and all in the name unity and peace.  Can I tell you a secret?  I am thinking about becoming one of those gods. What do you think?  But I am far too young and inexperienced to compete with them; too young! I’m sure they only mean that because of my human years.  It would be easier than I initially thought.  I just have to tell people what to do, what to believe and how to live, or face eternal fire.  Just like a dictator does; but with greater power and a far greater reach:  The entire universe.
Oh…  Would you look at me now?  I’m mumbling and giving out excuses that only sustain my fears.  I am talking to you; as if you could actually listen.  Can you?  Are you still there?  
Everyone here seems to be in a constant chase:  a chase to become somebody, wanting to be somebody, to emulate someone, to look and talk like someone, to be remembered, revered and even envied; and they use their short time as “beings of chance” on trying everything that someone else did or said; anything that could explain their origin, their purpose, their vision of themselves and their end.  As I mentioned to you before:  you got lucky!  You are up there; floating in space, unreachable and magical.  We were separated at birth, but I remember you, as clear as if it had happened a minute ago.  Look at what you have become!  I am expected to live up to one hundred orbits around the Sun; how old are you now?  What can you tell me about the bearded man?  If you see him somewhere, anywhere, tell him about our hunger, about our thirst, about the suffering of the younger ones, about all the wars we have endured on his name.  Oh yes!  I almost forgot.  Down here, almost every conception or image that we have about our “superior being” comes in the shape of a male; interesting formality considering that almost all living things in the world that he created are brought to life by the “weaker gender”.   But what do I know?  I am only fourteen years old.  
We are lazy beings.  We have invented destiny in order to explain, in a more incomprehensible but fashionable way, (we enjoy not understanding, we are addicted to it, and also to finding explanations that suit that necessity) the things that we don’t want to invest a second on understanding.  Things like:  death, life and love.  And we reassure ourselves with the abstract certainty that everything is meant to be; that everything happens for a reason.  Are you laughing at me now?  Maybe that is why you are dead!
 But not everything is as bad as you may think.  Down here we also have great things that I wouldn’t be able to abandon or trade for anything or anyone, not even for you.  We have music; the union of different sounds that when combined in harmony, they can build anything out of nothing, anytime, anywhere.  And we have love…  Just don’t ask me to explain to you what it is; it would take my entire time here and probably yours to come up with a good and partially complete understanding.
Love; that is the best thing…
But what do I know, I am only 16…
We keep digging holes underneath our feet, trying useless to find a fueling force; ignoring that the only energy capable to take us back to our origin lies in our core.  No one will make it.  One of my traveling partners, whom I love, we will fuel each other’s journey on our way back home, to our origin.  And while a seventh string plays for us a song to make our long journey home; we will meet and end up our time beginning a new one; a time that will never be measured.
Don’t be so rigid.  You definitely manage well your impersonation of a dead corpse.  Your biggest accomplishment yet! 
Back to the subject:
You are real.  You exist. Cold, but you exist.
Now I remember; I mean, I remember how we met. It was in first grade. It was my first day at that school and everyone laughed at me. The nurse came to verify the medical files of the new students and, her white coat and her mercury smell scared the shit out of me; literally.  Who am I kidding?  I saw the needle on her coat’s left pocket and, that is when it happened. 
-Teacher!  Teacher!  It smells like shit…
And you laughed at me; only not with your lips.  We spend our first six years in school together.  <<Well, I don’t mean together as in a couple>>.  We attended the same classes, the same classrooms and you never dared to look at me; as if I was dead! 
-Now look at you!
Then one day, for my surprise, you sat down in front of me at the cafeteria.  You smiled.  I was nervous. I blame the milk.  I am lactose intolerant. I’m not. I have a weak stomach.  I vomited.  And you laughed at me; again.  You can’t laugh now; can you?      I did not see you for a while.  You were gone; I heard up-north. Then one day, for my surprise, as usual, you appeared again.  A man and a woman; and you looked stunning.  That was the first time I kissed you; remember?  What a splendid night!  I am not sure if the car accident afterwards has something to do with the fact that I don’t remember seeing you again for the next ten years or so. But you were always closer that you thought. But your insolent and ungrateful game of chance is over now.  I got tired of seen you fucking other man, breathing another air, living another life.  Is that what you call a life? 
-There is no life if I am not in it!
Did I ever mention how great you look when you wear red?  Oh… but that is a white dress; how silly!  That’s right; I remember now.  You were going to get married with that insignificant resemblance of a sub-specie.  No.  I don’t hate him.  That is why he is not the one here.  But let’s not speak about him. You betrayed me.  So many times you have destroyed me.  How could you go on with your life knowing that I was dying for you?  That will answer your question: 
-That’s why I killed you!

WHEN MARCO’S BODY WAS FOUND on a deserted beach in Cascais; he was missing the back half of his head.  A gunshot to the mouth; the police said.  Adriana’s body was never found.  Some still believe that her body is still buried, deep in the sand.  Others assure that she is still alive; that they have seen her walking on the shore, wearing the same dress; asking them:  Have you seen Marco?  At his house, the police found thousands of photographs of her, covering the walls of every room. They also found countless notebooks in which he had written her name, over and over; Adriana, next to tiny drawings of broken hearts.  For decades he had followed her; chased her, in silence, ever since that first day at school. 
He invited her for a drink.  He was leaving the country. He wanted to say goodbye properly; he said. They discovered, after the forensic examination, traces of some substance.  What is the name of it?  This will sound awfully comforting:  But she was asleep when Marco opened her chest with his bare hands. They believe that he ate her heart.  Well, they found bits of a human heart inside his mouth; they just couldn’t verify if it was in fact hers.
A lifelong obsession…
In one hand, he had a gun and, in the other, a note.
I lived my life devoted to you. And I have cherished every single moment of your life ignoring my own. I do not regret what I did, for it was the only way possible for us to be together.
Aldebaran…
Back to the start...  And we’ll be together, forever, where time can’t be measured.  
But what do I know?  I only managed to become god when I could be anything far more practical.  I killed Adriana Walsh.  I am 35 years old. I am no longer afraid of the dark.

ADRIANA WALSH died in 1988 in Cascais, Portugal.  Her body was never found.  I still remember and enjoy the smell of her blood, still warm, running through my fingers.
Oh, well...  I guess this is farewell.  The night is young and there are still a few old friends to visit. 
Until then!

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